Solidaridad y sentido común, la vacuna

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Artículo de opinión de Cristina Antoñanzas, Vicesecretaria General de UGT, en "El Siglo de Europa"


Vivimos en continua convulsión, entre aplausos y ruidos, solidaridad y rechazo. Lo mismo amamos que odiamos, con la misma rapidez y el mismo entusiasmo. No sé qué ocurre, igual simplemente, como decía el filósofo Daniel Innerarity en una entrevista reciente, lo que ocurre es que «la nueva normalidad hacia la que nos encaminamos es la situación de crisis» y no vamos a tener más remedio que acostumbrarnos y prepararnos para ello.

Lo que está claro es que vivimos en una montaña rusa. Lo que me preocupa es que, en cada uno de estos periodos, afloran las posiciones insolidarias y se agita interesadamente la ira.

La crisis sanitaria de la que afortunadamente poco a poco estamos saliendo ha hecho visible los grandes déficits, e incluso, las miserias de nuestra sociedad. Hemos tenido que confinarnos en nuestras casas, teletrabajar, con los niños y las niñas en casa porque no podían ir al cole, cuidar de nuestros mayores o de las personas con discapacidad porque cerraron sus puertas los centros de atención o porque muchas residencias se convirtieron en lugares de soledad y muerte.

En este tiempo –apenas tres meses– se han evidenciado no sólo los daños medioambientales –porque se ha demostrado que la pandemia del planeta somos los humanos– y los grandes desequilibrios sociales, que han ido aumentando entre crisis y crisis, como la de 2008 y la crisis actual, consecuencia de las políticas de austeridad y recorte que hemos vivido.

Hemos padecido con intensidad las consecuencias de la brutal privatización de la sanidad y los servicios sociales y hemos tenido que soportar una deficiente o nula regulación de la digitalización que nos ha costado muchas horas de exceso de trabajo y de dolores de cabeza y de espalda, entre otras cosas.

Ahora deberíamos aprender la lección e intentar solventarlo. ¿Cómo? Analizando lo que ha pasado y tomando medidas para evitar que vuelva a pasar.

Es por eso que hay que actuar con cautela para proteger la salud y cuidarse de tomar las medidas necesarias para no dejar a nadie atrás en la recuperación. No se puede abrir más la brecha de la desigualdad social y económica, a todos los niveles. Y, por supuesto, hay que trabajar para que la de género no se haga mayor

Y, desde este punto de vista, el diálogo social es una herramienta imprescindible para conseguir este objetivo. Ha quedado demostrado durante la pandemia. Estamos en primera línea, con acciones para garantizar el empleo a través de los ERTE, dar seguridad jurídica a personas trabajadoras y a los empresarios y frenar, por ejemplo, el encarecimiento de los precios en productos básicos y necesarios para proteger la salud, como las mascarillas, o poner en marcha una renta mínima vital que cierre y asegure de alguna forma una red de protección social para las familias más vulnerables.

Las políticas públicas expansivas, la inversión pública, son fundamentales para hacer frente a estos problemas que han aflorado durante el Covid-19.

La solidaridad, la actuación con sentido común, por el bien común, frente a los extremismos y a los que quieren volver a imponer un modelo de salida de la crisis que ahonde de nuevo en políticas fracasadas, es una necesidad para salir de esta situación. Solidaridad también a nivel europeo con planes de coordinados y bien financiados para que los gobiernos dispongan de los recursos necesarios para realizar políticas que no impliquen el aumento de las deudas soberanas e inasumibles por los Estados.

La salida de la crisis tiene que apostar en firme por un nuevo modelo de desarrollo que fortalezca y vacune los pilares económicos y sociales contra cualquier otra pandemia. Un nuevo contrato social que ponga en primer lugar el empleo de calidad, establezca un reparto equitativo de la riqueza, refuerce el Estado del Bienestar y un sistema fiscal justo y avance hacia una sociedad más igualitaria.


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