Los sindicatos
de AENA han decidido convocar una
veintena de días de huelga para defender
los puestos de trabajo, el modelo
aeroportuario público, y las garantías
que ese modelo ofrece al conjunto de la
sociedad.
Ojo, esto no
es un plante, un abandono de los puestos
de trabajo sin previo aviso, como
hicieron los controladores aéreos en
Navidad. Esto es una convocatoria
conforme a la ley vigente, con garantía
de servicios mínimos, realizada con
tiempo suficiente para que AENA y el
Ministerio de Fomento reconsideren las
reivindicaciones de los trabajadores, y
para que todo el mundo sepa que hay un
conflicto laboral vivo y unos
trabajadores con unas reivindicaciones
que plantear.
Sin embargo,
la reacción de los medios de
comunicación y de mucha gente con
capacidad para influir en la opinión
pública ha sido dar prioridad al derecho
al consumo (a consumir transporte aéreo)
sobre el derecho a la huelga, que es un
derecho Constitucional fundamental
(Capítulo Segundo, “Derechos y
libertades”, Sección Primera “De los
derechos fundamentales y de las
libertades públicas”, artículo 28.2).
¿Desde cuándo
el derecho al consumo debe prevalecer
sobre un derecho fundamental como el
derecho de huelga?
No deberíamos
confundir la defensa del derecho a
consumir (quien tenga recursos para
hacerlo) con la defensa del derecho de
los ciudadanos a los servicios públicos.
Reclamar el derecho a viajar no implica
necesariamente defender el derecho de la
ciudadanía a disponer de servicios
públicos esenciales. Son precisamente
los convocantes de la huelga los que
hacen esa reivindicación, porque temen
que la privatización de AENA sea un
retroceso en ese derecho.
El derecho a
viajar no es más importante que el
derecho a defender el puesto de trabajo.
¿Es que en
este país ya nadie vive del trabajo?
¿Somos todos empresarios o rentistas?
¿No tienen los ciudadanos-trabajadores
derecho a defender su trabajo?
¿Por qué,
entonces, no nos ofendemos ante este
discurso tramposo? Un discurso que
reclama despido fácil (lo llaman
flexibilidad del mercado de trabajo),
salarios que no suban (lo llaman ligar
los salarios a la productividad),
trabajadores que no molesten a su
empresa planteando ningún tipo de
reivindicación (lo llaman
flexibilización de la negociación
colectiva), y que además no tengan
ninguna posibilidad de oponerse a nada
que amenace sus empleos o sus
condiciones laborales (lo llaman
regulación del derecho de huelga).
¿Hay alguien
que no sepa a estas alturas que las
huelgas no son gratis, que se descuentan
del sueldo, y pueden tener consecuencias
para quienes las hacen?
¿Nadie
recuerda que la totalidad de los
derechos laborales que ahora tenemos –
límites de jornadas, subidas salariales,
vacaciones, permisos remunerados,
medidas de conciliación, de seguridad
laboral, de protección por desempleo,
etc…- se han conseguido gracias a la
huelga? Algunos sí que lo tienen claro,
y por eso criminalizan el derecho de
huelga.
Y ahora que
hay tantos intereses en eliminar todos
eso, ¿debemos renunciar también al
derecho a decir que no? ¿Debemos
renunciar a usar las herramientas
legales para defender nuestros
intereses, nuestras ideas, el tipo de
sociedad que queremos?
¿Debemos
renunciar al ejercicio del derecho de
huelga, a la negociación colectiva, a la
defensa de intereses legítimos, tan
legítimos como los de la banca, la
prensa, las empresas, o los usuarios de
cualquier servicio?
La crisis
económica no puede servir de excusa para
trastocar el orden de prioridades, para
hacernos creer que los
ciudadanos-consumidores son una cosa y
los trabajadores otra. Si los ciudadanos
no tienen trabajo, ni un salario digno,
ni derechos laborales como las
vacaciones (y eso lo saben bien quienes
están en la economía sumergida), no hay
ciudadanos que puedan acceder al
transporte aéreo ni a cualquier otro.
Salvo que queramos que sea el derecho de
unos pocos.
Esta defensa
del derecho a la huelga no significa que
no nos importe que haya actividad en el
sector aeroportuario, que los viajeros
puedan hacer uso de él, y que sea con
puntualidad, calidad y seguridad. El
empleo en el transporte aéreo está
ligado a todo eso. Pero quien debe
garantizar el servicio y sus condiciones
es quien tiene atribuida esa
competencia, quien es responsable de
ella y la gestiona; es decir, AENA y el
Ministerio de Fomento. No sus
trabajadores.