¿Sabrá Tony cómo son las moscas,
cuando devoran cadáveres?
Robert Fisk, periodista irlandés del diario “The Independent” es
especialista en Medio Oriente
© THE INDEPENDENT
13 de marzo de 2003
Artículo publicado en el diario británico “The
Independent” (el 23 de enero de 2003)
y posteriormente en el diario mexicano “La Jornada”.
En el camino a Basora, la televisión ITV filmaba perros salvajes que destrozaban cadáveres de iraquíes. A cada rato, una de estas bestias hambrientas arrancaba delante de nosotros un brazo en estado de descomposición y se echaba a correr con él por el desierto: los dedos muertos dejaban surcos en la arena, los restos de una manga quemada ondeaban al aire.
"Sólo para documentarlo", me
dijo el cámara. Claro. Porque ITV jamás mostraría tales imágenes. Las cosas que
veíamos (la inmundicia y obscenidad de los cadáveres) no puede mostrarse. En
primer lugar porque no sería "apropiado" enseñar esta realidad
por televisión a la hora del desayuno. En segundo lugar, porque si la
televisión la mostrara nadie volvería jamás a respaldar la guerra.
Esto ocurrió en 1991. La "carretera de la muerte",
llamaban entonces a ese camino. Pero había otra vía paralela que era una "carretera
de la muerte" mucho peor, unos kilómetros al este, y que fue cortesía
de la fuerza aérea estadounidense, pero nadie la filmó. La única imagen que
hubo de estos horrores fue la fotografía de un iraquí carbonizado dentro de su
camión. Cuando finalmente se publicó esa fotografía, se volvió una especie de
icono, pues representaba exactamente lo que habíamos visto.
Para que las bajas iraquíes aparecieran en televisión durante esa
guerra del Golfo (ya que hubo otro conflicto entre 1980 y 1988, y un tercero
está en preparación) era necesario que hubieran muerto cuidando caer
románticamente de espaldas, con una mano cubriendo el rostro destruido. Como en
esas pinturas de la Primera Guerra Mundial de los británicos muertos en el
campo de batalla, los iraquíes debían morir de forma benigna y sin heridas
evidentes, sin ningún tipo de miseria, sin rastro de mierda, moco o sangre
coagulada, si querían aparecer en los noticiarios matutinos.
Siento rabia hacia esta artimaña. En Qaa, en 1996, cuando los
israelíes bombardearon durante 17 minutos a refugiados que estaban dentro de un
complejo de la ONU, y mataron a 106 personas, más de la mitad niños, me topé
con una joven que abrazaba a un hombre de mediana edad. Estaba muerto. "Mi
padre, mi padre", lloraba abrazando su cara. No tenía uno de los
brazos ni una pierna. Los israelíes habían usado bombas de proximidad que
producen amputaciones.
Pero cuando esta escena llegó a las pantallas de televisión europeas y
estadounidenses la cámara hizo un acercamiento sobre la cara de la muchacha y
del muerto. Las amputaciones no fueron mostradas. La causa de la muerte fue
borrada en aras del buen gusto. Era como si el hombre hubiera muerto de
cansancio; con la cabeza apoyada sobre el hombro de su hija para morir en paz.
Hoy, cuando escucho las amenazas de George W. Bush contra Irak y las
estridentes advertencias moralistas de Tony Blair me pregunto: ¿qué saben de
esta terrible realidad?. ¿Acaso George, quien declinó servir a su país en
Vietnam, tiene alguna idea de cómo huelen los cadáveres?. ¿Tiene Tony alguna
pálida noción de cómo son las moscas, esos insectos grandes y azules que se
alimentan de los muertos en Medio Oriente, y que se te paran en la cara o en la
libreta?.
Los soldados sí lo saben. Recuerdo a un militar británico que pidió
prestado el teléfono satelital de la BBC tras la liberación de Kuwait, en 1991.
Le habló a su familia en Inglaterra mientras yo lo observaba detenidamente. "He
visto cosas horribles", dijo, y después tuvo un colapso nervioso;
lloraba y temblaba, soltó el teléfono, que se quedó colgando de su mano.
¿Tendría su familia idea de lo que decía?. No le habrían entendido viendo la
televisión.
Esto es lo que cabe esperar ante el prospecto de la guerra. Nuestra
gloriosa y patriótica población (aunque sólo cerca del 20% respalde la actual
locura iraquí) ha estado siempre protegida de la realidad de las muertes
violentas. Pero yo estoy muy sorprendido por el número de cartas que recibo de
veteranos de la Segunda Guerra Mundial, hombres y mujeres, todos opuestos a
esta nueva guerra iraquí, y que comparten conmigo sus inalienables recuerdos de
miembros destrozados y sufrimientos.
Recuerdo a un iraní herido, con un trozo de hierro incrustado en la
frente, que aullaba como un animal (que desde luego, eso es lo que todos somos)
antes de morir; a un niño palestino que simplemente se derrumbó delante de mí
cuando un soldado israelí le disparó a matar (deliberada y fríamente, con
intención asesina) porque arrojó una piedra.
Y recuerdo a una israelí con la pata de una mesa clavada en el abdomen
ante la pizzería Sbarro de Jerusalén, después de que un atacante palestino
decidió ejecutar a las familias que allí comían. También están los montones de
iraquíes muertos en la batalla de Dezful, en la guerra Irán-Irak. La
pestilencia de esos cadáveres invadió nuestro helicóptero hasta que vomitamos.
Y también recuerdo, en Argelia, al joven que me mostró el rastro negro y grueso
que dejó la sangre de su hija cuando "islamitas" armados la
degollaron.
Pero George W. Bush, Tony Blair, Dick Cheney, Jack Straw y todos los
demás guerreritos que nos están empujando torpemente hacia la guerra no tienen
que pensar en estas viles imágenes. Para ellos todo es "bombardeos
quirúrgicos", "daños colaterales" y todos los demás
ejemplos de la mendacidad lingüística propia de la guerra.
Vamos a tener una guerra justa, vamos a liberar al pueblo de Irak
(obviamente también mataremos a parte de él) y vamos a darle democracia y a
proteger su riqueza petrolera. Fingiremos que hay juicios por crímenes de
guerra y vamos a ser siempre muy morales; veremos por televisión a nuestros "expertos"
en defensa en sus trincheras sin sangre y escucharemos sus asombrosos
conocimientos sobre armas que arrancan cabezas.
Ahora que lo pienso, recuerdo también la cabeza de un refugiado
albano, rebanada limpiamente por los estadounidenses cuando bombardearon (por
accidente, claro está) un convoy de refugiados en Kosovo, en 1999. Pensaron que
se trataba de una unidad militar serbia. La cabeza barbada yacía en el pasto
crecido, con los ojos abiertos; parecía haber sido cortada por un verdugo de
los Tudor.
Meses más tarde me enteré de su nombre y hablé con una muchacha que había sido golpeada por la cabeza cercenada durante el bombardeo estadounidense. Fue ella quien respetuosamente dejó la cabeza sobre el pasto, donde la encontré. La OTAN, por supuesto, no le pidió perdón a la familia del hombre ni tampoco a la muchacha. Nadie pide perdón después de una guerra. Nadie admite la verdad. Nadie muestra lo que nosotros vemos. Por eso nuestros líderes y superiores pueden todavía convencernos de que vayamos a la guerra.
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