¿Para qué sirve la comunicación?
Un escritor ante las nuevas tecnologías
Artículo publicado en el nº 181 (enero-febrero de 1999) de
la revista "unión", en sus páginas 38 y 39.
enero-febrero 1999
José
Saramago
Un
gran filósofo español del siglo XIX, Francisco de Goya, más conocido como
pintor, escribió un día: "El sueno de la razón engendra monstruos".
En el momento en que estallan las tecnologías de la comunicación, puede uno
preguntarse si no están a punto de engendrar, ante nuestros ojos, monstruos de
un nuevo tipo.
Es
verdad que estas nuevas tecnologías son también el fruto de la reflexión, de la
razón. Pero ¿se trata de una razón despierta? ¿En el auténtico sentido de la
palabra despierta, es decir, atenta, vigilante, crítica, obstinadamente
crítica? ¿o de una razón somnolienta, adormecida, que en el momento de
inventar, de crear, de imaginar, descarrila y crea, imagina efectivamente
monstruos?
A
finales del siglo XIX, cuando el ferrocarril se impuso como un hecho positivo
en materia de comunicación, algunos espíritus pacatos no dudaron en afirmar que
ese ingenio era terrorífico y que, en los túneles, las personas iban a morir
asfixiadas. Mantenían que, a una velocidad superior a 50 kilómetros por hora,
les saldría sangre por la nariz y por las orejas y que los viajeros morirían
entre horribles convulsiones. Son los apocalípticos, los pesimistas
profesionales. Dudan siempre de los progresos de la razón que, según estos
oscurantistas, no puede producir nada bueno. Aunque se equivocan sobre el
fondo, tenemos que admitir que, a menudo, los progresos son buenos y malos. A
la vez.
Por
ejemplo, está claro que el tren es bueno cuando nos conduce a nuestro lugar de
vacaciones o cuando transporta las mercancías que necesitamos. Pero es malo
cuando traslada a los deportados hacia los campos de exterminio o cuando sirve
de vehículo a máquinas de guerra.
Lo
mismo que el tren, Internet es una tecnología que no es, en sí misma, ni buena
ni mala. Sólo podemos juzgarla de acuerdo con el uso que se haga de ella. Y por
eso la razón, hoy menos que nunca, no puede dormirse.
Si
una persona recibiera en su casa, cada día, 500 periódicos del mundo entero, y
si esto se supiera, probablemente se diría que está loca. Y sería cierto. ¿ Quién, sino un loco, puede proponerse leer
cada día 500 periódicos? Tendría que leer uno cada tres minutos, o sea, más de
veinte por hora, y eso durante las veinticuatro horas... Algunos olvidan esta
evidencia cuando se agitan de satisfacción anunciándonos que, ahora, gracias
ala revolución digital, podemos recibir 500 cadenas de televisión. ¿De qué 500
cadenas de televisión quieren informarnos mejor que los 500 periódicos que no
podemos, materialmente, leer?
El
dichoso abonado a las 500 cadenas se verá, inevitablemente, asaltado por una
especie de impaciencia febril que ninguna imagen podrá saciar. Se va a
encontrar perdido en el laberinto vertiginoso de un zapping permanente.
Consumirá imágenes, pero no se informará.
A
veces se dice que una imagen vale más que mil palabras. Es falso. A menudo, las
imágenes tienen necesidad de un texto explicativo. Aunque sólo sea para
hacernos reflexionar sobre el propio sentido de algunas de ellas, de las que la
televisión se alimenta hasta el paroxismo. Se pudo observar, por ejemplo, hace
algunos años, durante la última etapa del Tour de Francia, en el sprint
final en los Campos Elíseos cuando, en directo, asistimos a la espectacular
caída de Abdujapárov. Gracias a las mil nuevas posibilidades de la técnica: con
zoom, sin zoom, en picado, en contrapicado, desde un ángulo, desde el ángulo
opuesto, en travelling, de frente, de perfil... Y también, interminablemente,
al ralentí. Se podría ver al corredor caer de su bicicleta, la cara acercándose
poco a poco al suelo, tocando el asfalto, retorciéndose de dolor...
En
cada repetición, aprendíamos más cosas sobre las circunstancias de la caída, el
cómo y el por qué del accidente, la velocidad, las consecuencias, etc. Pero,
cada vez, nuestra sensibilidad se embotaba un poco más. Se iba haciendo algo
frío procedente no de la vida, sino del espectáculo, del cine. Poco a poco, volvíamos
a ver esta caída con una distancia de cinéfilo diseccionando una secuencia de
una película de acción. Las repeticiones habían terminado por matar nuestra
emoción.
Se
nos dice que, gracias a las nuevas tecnologías, alcanzamos hoy las riberas de
la comunicación total. La expresión es engañosa, hace creer que la totalidad de
los seres humanos del planeta puede ahora comunicar. Desgraciadamente esto no
es cierto. Apenas el 3% de la población del globo tiene acceso a un ordenador;
y los que utilizan Internet son aún menos. La inmensa mayoría de nuestros
hermanos humanos ignora hasta la existencia de estas nuevas tecnologías. En
este momento, todavía no dispone de los logros elementales de la vieja
revolución industrial: agua potable, electricidad, escuela, hospital,
carreteras, ferrocarril, refrigerador, automóvil, etc. Si no se hace nada, la
actual revolución de la información también pasará de ellos.
¿El
fin del mundo de la experiencia?
La
información sólo nos hace más sabios y más sensatos si nos acerca a los
hombres. Pero con la posibilidad de acceder, desde lejos, a todos los
documentos que necesitamos, aumenta el riesgo de deshumanización. Y de
ignorancia. La clave de la cultura ya no reside en la experiencia y el saber,
sino en la aptitud para buscar la información a través de los múltiples canales
y yacimientos que ofrece Internet. Se puede ignorar el mundo, no saber en qué
universo social, económico y político se vive, y disponer de toda la
información posible. La comunicación deja así de ser una forma de comunión
¿Cómo no lamentar el fin de la comunicación real, directa, de persona a
persona? Pronto sentiremos nostalgia de la antigua biblioteca; salir de casa,
hacer el trayecto, entrar, saludar, sentarse, pedir un libro, tenerlo entre las
manos, sentir el trabajo del impresor, del encuadernador, percibir las huellas
de los lectores precedentes, sus manos, palpar los signos de una humanidad que
ha paseado su vida por ellas, de generación en generación.
Con
malestar, se ve cómo se materializa el argumento de pesadilla anunciado por al
ciencia-ficción: cada cual encerrado en su casa, aislado de todos y de todo, en
la soledad más espantosa, pero volcado sobre Internet y en comunicación con
todo el planeta. El fin del mundo material, de la experiencia, del contacto
concreto, carnal... La disolución de los cuerpos.
Poco
a poco, nos sentimos atrapados por la realidad virtual, que, a pesar de lo que
se pretende, es vieja como el mundo, vieja como nuestros sueños. Y nuestros
sueños nos han llevado por universos virtuales extraordinarios, fascinantes,
por continentes nuevos, desconocidos, en los que hemos vivido experiencias
excepcionales de aventuras, de amores, de peligros. Y a veces también de
pesadillas. Contra las que Goya nos puso en guardia. Sin que esto signifique,
por otra parte, que haya que frenar la imaginación, la creación y la invención.
Pues es algo que se paga siempre muy caro.
Se
trata más bien de una cuestión ética. ¿Cuál es la ética de los que, como Bill
Gates y Microsoft, quieren a cualquier precio ganar la batalla de las nuevas
tecnologías para sacar el mayor beneficio personal? ¿Cuál es la ética de los
raiders y de los golden boys que especulan en Bolsa y se sirven de los avances
de las tecnologías para arruinar a los Estados o llevar a la quiebra a cientos
de empresas a través del mundo? ¿Cuál es la ética de los generales del
Pentágono que, aprovechando los progresos de las imágenes de síntesis,
programan más eficazmente sus misiles Tomahawk y pueden sembrar la muerte en
las ciudades de Irak?
Impresionados,
intimidados por el discurso modernista y tecnicista, casi todos los ciudadanos
capitulan. Aceptan adaptarse al nuevo mundo que se nos anuncia como inevitable.
No hacen nada para oponerse a él. Son pasivos, inertes, incluso cómplices. Dan
la impresión de haber renunciado. Renunciado a sus derechos y a sus deberes; en
particular, al deber de protestar, de insurrecionarse, de rebelarse. Como si la
explotación hubiera desaparecido y la manipulación de los espíritus se hubiera
desterrado. Como si el mundo estuviera gobernado por necios y como si la
comunicación se hubiera convertido en un asunto de ángeles.
Artículo
publicado en el nº 38 de Le Monde Diplomatique (edición española), diciembre de
1998
Este texto retoma, en lo esencial, una conferencia inédita del autor,
pronunciada en Alicante, el 29 de marzo de 1995, en el marco de un seminario
sobre "Nuevas tecnologías e información del futuro", organizado por
Joaquín Manresa para la Fundación Cultural de la Caja de Ahorros del
Mediterráneo (CAM).
José Saramago recuerda esta conferencia en su libro "Cuadernos de
Lanzarote". Diario III, Caminho Editor, Lisboa 1997