¿Hasta cuándo la globalización?
Ludolfo Paramio (profesor
de investigación en la Unidad de Políticas Comparadas del CSIC)
25 de julio de 2001. Artículo publicado en el diario EL PAÍS
En medio
del debate sobre la globalización resulta un poco llamativo que casi nadie
plantee la posibilidad de que ésta no vaya a durar para siempre. Como es bien
sabido, a finales del siglo pasado, a la sombra del patrón oro, se produjo un
importante proceso de globalización de la economía mundial, en el doble sentido
de la libre circulación de capitales y de la liberalización y el auge del
comercio internacional. Tras la crisis del 29, sin embargo, las reglas de juego
cambiaron espectacularmente, y ahora se diría que vivimos una experiencia sin
precedentes históricos. Pero si se produjo aquella fase de globalización, y
tuvo un final, tendría sentido reflexionar sobre un posible fin de la actual.
Es más:
hay una honrosa tradición sociológica, que arranca de Weber, para la cual la
expansión de la lógica del mercado socava las bases sociales del propio
desarrollo capitalista. Aunque esta tradición suele llevar a la denuncia del
hedonismo, de la pérdida del sentido del ahorro y del sacrificio, o de la
disolución de los valores familiares en la sociedad actual -a la manera de
Bell, y últimamente, del más tosco Francis Fukuyama-, también incorpora
razonamientos más ligados a la historia económica, como el trabajo aún reciente
(1997) de Dani Rodrik, ¿Ha ido demasiado lejos la globalización?, o la obra
clásica de Karl Polanyi, La gran transformación (1943).
El
problema sería saber si, como razonaba Polanyi, cada ciclo de expansión del
mercado (de globalización) termina provocando una reacción pendular en sentido
contrario. Pero los políticos no hablan de estas cosas: no sólo no se les paga
por hacer filosofía de la historia, sino que poner en duda el futuro de la
globalización es probablemente lo más arriesgado que puede hacer un gobernante
-o aspirante a serlo-, con la posible excepción de dejarse fotografiar en
compañía de narcotraficantes. Pues implica falta de fe en el mercado y, por
tanto, escasa voluntad de defender su lógica ante presiones políticas o de otro
tipo. Los políticos ya han aprendido que deben cuidarse muy mucho no ya de
hacer, sino de decir algo que pueda provocar la desconfianza de los mercados.
También
es normal que no manifiesten dudas sobre el futuro de la globalización sus
enemigos declarados: para enfrentarse a una poderosa imagen del mal es preciso
descartar toda sospecha sobre su fragilidad. Pero el mundo está lleno de gente
que contempla con preocupación los aspectos negativos o las insuficiencias del
actual proceso de globalización, gente consciente de que desde 1995 se han ido
acumulando experiencias un tanto desalentadoras para quienes en la década
anterior confiaban en que las nuevas reglas de juego, tras los inevitables
dolores de parto, estaban dando a luz un modelo de prosperidad y crecimiento
para todos.
¿Por qué
quienes mantienen posiciones críticas sobre la globalización hablan o escriben
como si ésta fuera ya un hecho definitivo e irreversible? Probablemente, porque
piensan que contra la globalización vivimos mejor: que un cambio de modelo
tendría costes demasiado altos incluso para los países o los sectores sociales
a los que ahora consideramos como perdedores en la globalización. Y en segundo
lugar, porque es difícil imaginar ese cambio si no es a través de una crisis
catastrófica, y a nadie le gusta que le tomen por chiflado anunciando catástrofes
que no se producen, y menos por gafe, si la catástrofe tuviera lugar.
Lo que
es peor: una catástrofe económica capaz de poner fin a la actual globalización
debería ser capaz de cambiar la orientación global de la política económica
norteamericana. Mientras ésta no se modifique -como lo hizo en los años
treinta, primero con el proteccionismo y luego con el mantenimiento de los
precios- es imposible imaginar un cambio real en las reglas de juego de la
economía. Pero si hay algo de peor gusto que predecir catástrofes es
precisamente especular con crisis irreversibles de la economía de Estados
Unidos. Muchos recordamos aún los chistes de la guerra fría y el economista
soviético, enviado a Nueva York para estudiar la agonía del capitalismo
norteamericano, que regresaba a Moscú suspirando por llegar a tener una muerte
así.
Sucede,
sin embargo, que la economía globalizada está en estos momentos en serios
aprietos, que no son precisamente consecuencia de las protestas sociales. Japón
continúa en su sendero de estancamiento y recesión, y el parón de las economías
norteamericana y europea se sigue agravando, pese a los voluntariosos mensajes
de calma y esperanza que transmiten Washington y el Ecofin. Pero de momento
sólo se puede anunciar al apocalipsis para América Latina, como ha hecho Rudi
Dornbusch (Financial Times, 10 de julio), sin mayores consideraciones sobre el
posible impacto de su opinión en la muy delicada situación de la economía
argentina y sus efectos colaterales en la región.
Lo más
dramático de la situación presente es, quizá, la figura del actual presidente
de Estados Unidos. No por el hecho de que sea un conservador: como señalaba un
ya antiguo artículo, puede ser necesario un Nixon para establecer relaciones
con China, puede que determinados giros de política sólo los pueda emprender un
gobernante conservador. Pero probablemente no este gobernante, demasiado
condicionado por los grandes intereses económicos y demasiado ignorante sobre
el funcionamiento de la economía global.
Sería
magnífico equivocarse, pero se puede temer que, como ya le sucedió a su padre
ante la recesión de 1991, George W. Bush no haga nada y no se plantee siquiera
la posibilidad de una estrategia alternativa para la coordinación de la
economía global, incluyendo una reforma profunda de la arquitectura financiera
internacional. Si la oposición a la globalización ha ido creciendo cuando las
cosas iban razonablemente bien en Europa y Estados Unidos, hay que imaginar lo
que puede suceder si las esperanzas de despegue se evaporan en América Latina,
el sureste asiático vuelve al borde de la crisis y Europa y Estados Unidos se
aproximan al estancamiento.
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