Globalización y antiglobalización
Manuel Castells (profesor
de la Universitat Oberta de Catalunya. UOC)
A estas
alturas, todo quisque tiene su opinión sobre la globalización. Éste es el
principal mérito del movimiento global contra la globalización: el haber puesto
sobre el tapete del debate social y político lo que se presentaba como vía
única e indiscutible del progreso de la humanidad. Como es lo propio de todo
gran debate ideológico, se plantea en medio de la confusión y la emoción,
muertos incluidos. Por eso me pareció que, en lugar de añadir mi propia toma de
posición a las que se publican cada día, podría ser más útil para usted, atento
lector en su relajado entorno veraniego, el recordar algunos de los datos que
enmarcan el debate. Empezando por definir la globalización misma.
Se trata
de un proceso objetivo, no de una ideología, aunque haya sido utilizado por la
ideología neoliberal como argumento para pretenderse como la única racionalidad
posible. Y es un proceso multidimensional, no solo económico. Su expresión más
determinante es la interdependencia global de los mercados financieros,
permitida por las nuevas tecnologías de información y comunicación y favorecida
por la desregulación y liberalización de dichos mercados. Si el dinero (el de
nuestros bancos y fondos de inversión, o sea, el suyo y el mío) es global,
nuestra economía es global, porque nuestra economía (naturalmente capitalista,
aunque sea de un capitalismo distinto) se mueve al ritmo de la inversión de
capital. Y si las monedas se cotizan globalmente (porque se cambian dos
billones de dólares diarios en el mercado de divisas), las políticas monetarias
no pueden decidirse autónomamente en los marcos nacionales.
También
está globalizada la producción de bienes y servicios, en torno a redes
productivas de 53.000 empresas multinacionales y sus 415.000 empresas
auxiliares. Estas redes emplean tan sólo a unos 200 millones de trabajadores
(de los casi 3.000 millones de gentes que trabajan para vivir en todo el
planeta), pero en dichas redes se genera el 30% del producto bruto global y 2/3
del comercio mundial.
Por
tanto, el comercio internacional es el sector del que depende la creación de
riqueza en todas las economías, pero ese comercio expresa la
internacionalización del sistema productivo. También la ciencia y la tecnología
están globalizadas en redes de comunicación y cooperación, estructuradas en
torno a los principales centros de investigación universitarios y
empresariales. Como lo está el mercado global de trabajadores altamente
especializados, tecnólogos, financieros, futbolistas y asesinos profesionales,
por poner ejemplos. Y las migraciones contribuyen a una globalización creciente
de otros sectores de trabajadores.
Pero la
globalización incluye el mundo de la comunicación, con la interpenetración y
concentración de los medios de comunicación en torno a siete grandes grupos
multimedia, conectados por distintas alianzas a unos pocos grupos dominantes en
cada país (cuatro o cinco en España, según como se cuente). Y la comunicación
entre la gente también se globaliza a partir de internet (nos aproximamos a 500
millones de usuarios en el mundo y a una tasa media de penetración de un tercio
de la población en la Unión Europea).
El
deporte, una dimensión esencial de nuestro imaginario colectivo, vive de su
relación local-global, con la identidad catalana vibrando con argentinos y
brasileños tras haber superado su localismo holandés.
En fin,
también las instituciones políticas se han globalizado a su manera,
construyendo un Estado red en el que los Estados nacionales se encuentran con
instituciones supranacionales como la Unión Europea o clubes de decisión como
el G-8 o instituciones de gestión como el FMI para tomar decisiones de forma
conjunta. Lejos queda el espacio nacional de representación democrática,
mientras que los espacios locales se construyen como resistencia más que como
escalón participativo. De hecho, los Estados nacionales no sufren la
globalización, sino que han sido sus principales impulsores, mediante políticas
liberalizadoras, convencidos como estaban y como están de que la globalización
crea riqueza, ofrece oportunidades y, al final del recorrido, también les
llegarán sus frutos a la mayoría de los hoy excluidos.
El
problema para ese horizonte luminoso es que las sociedades no son entes sumisos
susceptibles de programación. La gente vive y reacciona con lo que va
percibiendo y, en general, desconfía de los políticos. Y, cuando no encuentra
cauces de información y de participación, sale a la calle. Y así, frente a la
pérdida de control social y político sobre un sistema de decisión globalizado
que actúa sobre un mundo globalizado, surge el movimiento antiglobalización,
comunicado y organizado por internet, centrado en protestas simbólicas que
reflejan los tiempos y espacios de los decididores de la globalización y
utilizan sus mismos cauces de comunicación con la sociedad: los medios
informativos, en donde una imagen vale más que mil ponencias.
¿Qué es
ese movimiento antiglobalización? Frente a los mil intérpretes que se ofrecen
cada día para revelar su esencia, los investigadores de los movimientos
sociales sabemos que un movimiento es lo que dice que es, porque es en torno a
esas banderas explícitas donde se agregan voluntades. Sabemos que es muy
diverso, e incluso contradictorio, como todos los grandes movimientos.
Pero
¿qué voces salen de esa diversidad? Unos son negros, otros blancos, otros
verdes, otros rojos, otros violeta y otros etéreos de meditación y plegaria.
Pero ¿qué dicen? Unos piden un mejor reparto de la riqueza en el mundo,
rechazan la exclusión social y denuncian la paradoja de un extraordinario
desarrollo tecnológico acompañado de enfermedades y epidemias en gran parte del
planeta. Otros defienden al planeta mismo, a nuestra madre Tierra, amenazada de
desarrollo insostenible, algo que sabemos ahora precisamente gracias al
progreso de la ciencia y la tecnología. Otros recuerdan que el sexismo también
se ha globalizado. Otros defienden la universalización efectiva de los derechos
humanos. Otros afirman la identidad cultural y los derechos de los pueblos a
existir más allá del hipertexto mediático. Algunos añaden la gastronomía local
como dimensión de esa identidad. Otros defienden los derechos de los trabajadores
en el norte y en el sur. O la defensa de la agricultura tradicional contra la
revolución genética.
Muchos
utilizan algunos de los argumentos señalados para defender un proteccionismo
comercial que limite el comercio y la inversión en los países en desarrollo.
Otros se declaran abiertamente antisistema, anticapitalistas desde luego, pero
también anti-Estado, renovando los vínculos ideológicos con la tradición
anarquista que, significativamente, entra en el siglo XXI con más fuerza vital
que la tradición marxista, marcada por la práctica histórica del
marxismo-leninismo en el siglo XX. Y también hay numerosos sectores
intelectuales de la vieja izquierda marxista que ven reivindicada su
resistencia a la oleada neoliberal. Todo eso es el movimiento antiglobalización.
Incluye
una franja violenta, minoritaria, para quien la violencia es necesaria para
revelar la violencia del sistema. Es inútil pedir a la gran mayoría pacífica
que se desmarque de los violentos, porque ya lo han hecho, pero en este
movimiento no hay generales y aun menos soldados.
Tal vez
sería más productivo para la paz pedir a los gobiernos que se desmarquen de sus
policías violentos, ya que, según observadores fiables de las manifestaciones
de Barcelona y Génova, la policía agravó la confrontación. No se puede
descartar que algunos servicios de inteligencia piensen que la batalla esencial
está en ganar la opinión pública y que asustar al pueblo llano con imágenes de
feroces batallas callejeras puede conseguir socavar el apoyo a los temas del
movimiento antiglobalización. Vano intento, pues, en su diversidad, muchos de
esos mensajes están calando en las mentes de los ciudadanos, según muestran
encuestas de opinión en distintos países.
Dentro
de esa diversidad, si un rasgo une a este movimiento es tal vez el lema con el
que se convocó la primera manifestacion, la de Seattle: “No a la globalización
sin representación”. O sea, que, antes de entrar en los contenidos del debate,
hay una enmienda a la mayor, al hecho de que se están tomando decisiones
vitales para todos en contextos y en reuniones fuera del control de los
ciudadanos.
En
principio, es una acusación infundada, puesto que la mayoría son representantes
de gobiernos democráticamente elegidos. Pero ocurre que los electores no pueden
leer la letra pequeña (o inexistente) de las elecciones a las que son llamados
cada cuatro años con políticos que se centran en ganar la campaña de imagen y
con gobiernos que bastante trabajo tienen con reaccionar a los flujos globales
y suelen olvidarse de informar a sus ciudadanos.
Y
resulta también que la encuesta que Kofi Annan presentó en la Asamblea del
Milenio de Naciones Unidas señala que 2/3 de los ciudadanos del mundo
(incluyendo las democracias occidentales) no piensan que sus gobernantes los
representen. De modo que lo que dicen los movimientos antiglobalización es que
esta democracia, si bien es necesaria para la mayoría, no es suficiente aquí y
ahora.
Así
planteado el problema, se pueden reafirmar los principios democráticos
abstractos, mientras se refuerza la policía y se planea trasladar las
decisiones al espacio de los flujos inmateriales. O bien se puede repensar la
democracia, construyendo sobre lo que conseguimos en la historia, en el nuevo
contexto de la globalización. Que se haga una u otra cosa depende de usted y de
muchos otros como usted. Y depende de que escuchemos, entre carga policial e
imagen de televisión, la voz plural, hecha de protesta más que de propuesta,
que nos llega del nuevo movimiento social en contra de esta globalización.