La “nueva
economía”: una coyuntura favorable al poder
hegemónico en el marco de la mundialización del capital
El texto que sigue es la versión aumentada del capítulo escrito
por François Chesnais para un libro colectivo, actualmente en imprenta: F.
Chesnais, G. Duménil, D. Lévy, I. Wallerstein, “Une nouvelle phase du
capitalisme?” (¿Una nueva fase del capitalismo?), Collection Séminaire
marxiste, Syllepse, 2001.
El texto aporta una interpretación crítica de la denominada “nueva economía”, que se ha presentado (tanto hoy como en el pasado) como el camino que permitirá “salir de la crisis”, y como una promesa de crecimiento para el conjunto de la economía capitalista mundial.
La “nueva economía” será incapaz de cumplir tal promesa, pues se
basa en condiciones que únicamente la potencia hegemónica dentro de la
mundialización financiera (Estados Unidos) es capaz de cumplir. El “milagro”
del crecimiento estadounidense de los años 1995-2000 es el reflejo de una
coyuntura macroeconómica favorable a una economía cuyos mercados financieros
recogen los beneficios que los rentistas y los mafiosos de todo el mundo
invierten en Estados Unidos de forma segura y con un rendimiento elevado.
Este texto ofrece igualmente algunas claves que ayudan a
comprender la obstinación con que Alan Greenspan, el presidente del Banco
Central estadounidense (la Reserva Federal), se empeña en evitar la caída del
índice Dow Jones, incluso si eso significa, una vez más, beneficiar a los
inversores financieros y dejarles las manos libres para desmantelar empresas y
despedir a sus asalariados.
Comentario
previo: Hoy en día, Estados Unidos se confronta con una amenaza de recesión. La
caída del Dow Jones, índice del mercado principal, y sobre todo el hundimiento
del mercado de los valores tecnológicos, el NASDAQ, no son simplemente un
reflejo de ello, sino que constituyen también un factor específico de arrastre,
que exige la constante intervención de la Reserva Federal. Resulta de este modo
más fácil contemplar con ojos críticos la “nueva economía” y medir el grado en
que el mercado financiero funciona como eje de ésta. Una de las
particularidades de la situación mundial es la interconexión entre la recesión
japonesa, nuevo capítulo de una depresión que existe desde hace ya diez años, y
la recesión estadounidense. No vamos a examinar aquí dicha interconexión, que
implica un análisis de los vínculos existentes entre la crisis económica y la
crisis “de la sociedad” japonesa. El objetivo de este trabajo, iniciado antes
de que la amenaza de la recesión estadounidense apareciera en el horizonte,
consiste en explicar las razones por las que la “nueva economía” no representa
el anuncio de un largo período de crecimiento del sistema capitalista mundial,
sino más bien la expresión de una coyuntura que se debe únicamente al poder
hegemónico de Estados Unidos en el seno de la mundialización financiera.
Nuestro trabajo no está completo y tiene un marcado tono “francés” (incluye, en
especial, un debate teórico con diversos miembros de la “École de la
Régulation”); sin embargo, dicho cariz podrá atenuarse a medida que la
discusión vaya incluyendo a economistas críticos que trabajan en otros países.
1. Un término de profundo contenido ideológico
El
término “nueva economía” fue inventado por los periodistas estadounidenses,
educados en el culto de lo “nuevo”, con el que alimentan el “imaginario” de sus
lectores. En este caso, la iniciativa surgió del semanario Business Week. En un
momento en que Alan Greenspan juzgaba que el nivel de las transacciones de Wall
Street era la expresión de una “exuberancia irracional” (estábamos en 1996,
pero luego cambió de opinión...), la “nueva economía” parecía dar argumentos
para atribuir el vigor del ciclo expansivo a factores arraigados en la economía
real. La aceleración de la difusión de las tecnologías de la información y de
la comunicación (TIC), así como la recuperación de la productividad laboral y
de la productividad total de los factores parecían proporcionar una explicación
satisfactoria del elevado precio de los valores.
No
resulta fácil encontrar una definición precisa de la “nueva economía” El
informe publicado recientemente bajo este título por el Conseil d’
La
expresión “nueva economía”, de manera mucho más marcada que el término
“globalización”, está teñida de una fuerte connotación ideológica. Debido
precisamente a su vaciedad, ha ofrecido una interpretación tranquilizadora de
la situación económica de Estados Unidos a quienes, en todo el mundo, esperan
que el capitalismo estadounidense les muestre el camino del porvenir [3]. El
éxito del término ilustra también el modo en que el hermético campo analítico
de la teoría estándar pone a la mayoría de los economistas a remolque de la
prensa. Únicamente un pequeño número de teóricos de formación “heterodoxa” se
libra de ello. En el caso que nos ocupa, podemos mencionar a Michel Aglietta,
que en 1998 propuso, bajo el título de “el capitalismo de mañana” [4], una
teoría global del “régimen de crecimiento patrimonial”. Su teoría es
fuertemente apologética, pero tiene la virtud de proponer una interpretación
sistémica, centrada en las finanzas, de elementos que otros confunden sin
distinción bajo un término políticamente correcto.
El
análisis en este trabajo se inicia con los cambios estructurales de gran calado
acaecidos en la economía capitalista mundial de las dos últimas décadas,
delimitados con la ayuda de la noción de “régimen de acumulación con predominio
financiero” Algunos de estos cambios, en especial el lugar dominante adquirido
por los mercados y por los operadores financieros, se caracterizan por una
enorme fragilidad sistémica y son, por lo tanto, reversibles. Su origen y su
base principal de operaciones están situados en los países capitalistas
avanzados y su análisis exige que no se pierda nunca de vista el estudio global
de la economía mundial. Muchos hechos y relaciones propios de un país o de un
grupo de países sólo pueden ser examinados y apreciados correctamente si se los
observa como “elementos de una totalidad, como diferenciaciones en el interior
de una unidad” [5]. Mucho más que en el pasado, la “globalización” exige que se
considere la economía capitalista mundial “no ya como una simple adición de sus
unidades nacionales, sino como una poderosa realidad independiente, creada por
la división del trabajo y por el mercado mundial que domina todos los mercados
nacionales” [6]. Por lo tanto, este trabajo concederá un peso analítico muy
importante a la situación única de la que goza Estados Unidos en el seno de la
economía y de las relaciones interestatales mundiales para tratar de responder
a las preguntas siguientes [7]: ¿acaso la “nueva economía” anuncia la aparición
de un “modelo” generalizable a otros países (aparte de Estados Unidos) y, por
lo tanto, una verdadera “salida de la crisis” de la economía capitalista
mundial al completo? ¿O se trata más bien de la manifestación de una coyuntura económica
larga y específica, basada en relaciones sistémicas internas e internacionales,
que no está al alcance de ningún otro país, y de la que la burbuja financiera,
convertida en algo casi estructural, es el rasgo más destacado?
2. El régimen de acumulación con
predominio financiero
En este
trabajo, el término “régimen de acumulación con predominio financiero” designa,
en estrecha relación con la mundialización del capital (relación que será
definida más adelante), una etapa concreta de la evolución del imperialismo,
entendido éste como la dominación doméstica e internacional por parte del
capital financiero. La hipótesis de un régimen de acumulación sometido a unas
finanzas que podrían erigirse (momentáneamente) en potencia económica y social
“autónoma”, tanto frente a la clase obrera como a todas las fracciones del
capital, ya fue prevista por Marx, quien la vinculó al especial fetichismo que
ejerce el dinero, en su expresión más extrema: “Debido a que el aspecto
monetario del valor es su forma independiente y tangible, la forma A-A’ (cuyos
puntos de partida y de llegada son el dinero real) expresa de la manera más
tangible la idea de "ganar dinero", que es el motor principal de la
producción capitalista. El proceso de producción capitalista apareció únicamente
como un inevitable paso intermedio, un mal necesario para ganar dinero. Por
eso, todas las naciones que funcionan según el modo de producción capitalista
padecen periódicamente el vértigo de querer ganar dinero sin que medie el
proceso de producción” [8]. Más adelante veremos las formas con las que dicho
“vértigo” se manifiesta desde que los inversores institucionales se han
convertido en el eje de las relaciones macroeconómicas. No significa un
desinterés por la maximización de la plusvalía. Las altas instancias
corporativas buscan precisamente obtener la rentabilidad máxima del capital
invertido mediante la secuencia A-M-P-P'-M-A'. El “vértigo” consiste en no
quedarse nunca satisfechos y en basar igualmente los resultados financieros de
los fondos de inversión en las operaciones derivadas de la creación de un
inmenso capital ficticio, cuya expresión es la burbuja “permanente” en la
Bolsa. Por eso, estos beneficios financieros, con toda la volatilidad inherente
a su dependencia de los mercados bursátiles de acciones y obligaciones, son los
que determinan el grado de la demanda del que depende el cierre del ciclo
A-M-P-M'-A'.
La
dominación ejercida por las finanzas, cuyo inicio se remonta a los años
noventa, ha sufrido ya diversas configuraciones, paralelamente a los cambios de
las relaciones entre los Estados y las fracciones del capital y de las
relaciones políticas entre el capital y el trabajo [9]. La proximidad del
término “régimen de acumulación” con la teoría de la regulación no es fortuita.
Los regulacionistas han lanzado un desafío serio y enriquecedor a un marxismo
momificado. Recurrir a la noción de “régimen de acumulación” conlleva reconocer
que en la segunda parte del siglo XX, y en el contexto de diferentes niveles de
relaciones políticas entre el capital y el trabajo, ha habido por parte de las
burguesías una búsqueda de maneras distintas de estabilizar el movimiento de
reproducción y de revalorización del capital y, por lo tanto, de asegurar su
dominio. Así, entre 1950 y 1975, lograron integrar las importantes concesiones
hechas a los asalariados y a sus organizaciones para convertirlas en uno de los
elementos constitutivos de la reproducción expandida. El hecho de incorporar
los cambios institucionales y las políticas de los gobiernos y de los bancos
centrales dentro de un análisis del movimiento del capital nos permitirá
comprender mejor las fuerzas y las debilidades en cada etapa, así como situar
los puntos de emergencia y el recorrido de las contradicciones.
La
expresión “régimen de acumulación” es preferible a la de “régimen de
crecimiento”, y ello por dos razones relacionadas entre sí. Primero, porque
remite explícitamente a la noción de capital. Aquí, el capital está considerado
en calidad de valor (es decir, en calidad de masa de dinero centralizado) que
busca incrementarse por un proceso de revalorización, que puede recurrir tanto
a la forma “acortada” A-A' como a la “vía larga” A-M-P-M'-A'. En segundo lugar,
porque la expresión “régimen de acumulación” indica la posibilidad teórica de
que haya configuraciones politicoeconómicas en las que la importancia adquirida
por la forma A-A' y por la creación de importantes capas sociales que dependen
de ingresos financieros relacionados con el valor influyen enormemente en la
forma A-M-P-M'-A' al convertirse en obstáculos para el crecimiento. La
utilización que hace Michel Aglietta de la expresión “régimen de crecimiento”
para describir un conjunto de relaciones sistémicas prácticamente exclusivo de
Estados Unidos y que no ha conducido al crecimiento en ningún otro país, puede
interpretarse como una vacilación por su parte en cuanto a la posibilidad de
afirmar que tales relaciones sistémicas serán capaces de garantizar la
acumulación real de capital a largo plazo, en el sentido clásico ricardiano-marxista
de la expresión tradicionalmente utilizado por la “École de la Régulation”
[10].
El
régimen de control financiero surgió del proceso de liberalización y
desregulación iniciado a partir de 1979 por los gobiernos estadounidense y
británico, en el ámbito de las finanzas, de los intercambios y de las
inversiones directas. Es indisociable de las derrotas sufridas por la clase
obrera a manos de estos gobiernos y de su prolongación bajo la forma de la
restauración capitalista en la URSS y las supuestas “democracias populares”. La
“mundialización” contemporánea es la mundialización del capital en sus tres
formas: capital productivo, capital de negocios y capital-dinero. El proceso de
liberalización y desregulación de las finanzas es la condición sine qua non de
la existencia del régimen de acumulación actual. Sólo una liberalización y una
desregulación tan completas como deseaban el capital de los intercambios
financieros y el de las inversiones directas podía responder a las exigencias
de apropiación de la riqueza que surgen en torno al funcionamiento de los
mercados contemporáneos. Era preciso que las mercancías, cuya especialización
se aseguraron de antemano los países avanzados, se vendieran sin problemas y
que las empresas pudieran aprovisionarse donde lo deseen. Asimismo, con vistas
a producir y apropiarse de la plusvalía en las condiciones más favorables, era
también preciso que dichas empresas pudiesen recurrir libremente a la inversión
directa en el extranjero (IDE).
El
proceso de liberalización, de desregulación y de privatización fue concebido
por sus arquitectos (ideólogos, técnicos y políticos), para que se extendiera
al conjunto de los países del globo y fue impuesto por etapas a partir de la
institución informal (pero muy poderosa) del G7, beneficiándose de la ayuda
activa de organizaciones internacionales, ya fueran las existentes (el FMI y el
Banco Mundial, así como la Comunidad Europea, convertida más tarde en Unión
Europea), ya otras nuevas (la OMC surgida del Tratado de Marrakech en 1994 y la
ALENA). Puesto que la “globalización” surgió de la liberalización, de la
desregulación y de la privatización, difiere de las formas anteriores de
internacionalización (basada en los intercambios y desubicación del capital
productivo), que había prevalecido hasta principios de los años ochenta. Esto
resulta tanto más evidente si consideramos los decisivos cambios que han tenido
lugar en el ámbito financiero.
Tanto el
régimen de acumulación existente en Estados Unidos, como el tipo actual de mundialización
del capital estrechamente ligado al mismo, se centran en las nuevas formas de
concentración del capital-dinero (en primer lugar, los fondos de pensiones y
los fondos de inversión financiera), en los mecanismos de captación y
descentralización de fracciones de valor y de plusvalía y, por último, en las
instituciones que garantizan la seguridad, tanto política como financiera, de
las operaciones de inversión financiera. Todo esto da lugar a lo que se
denomina “autonomía de las finanzas” [11], con el inmenso poder social que
lleva consigo.
La
primera fase del “poder de las finanzas” fue la “dictadura de los acreedores”,
surgida, como cualquier otra dictadura, de una especie de golpe de Estado,
cuando el interés real de los bonos del Tesoro estadounidense pasó en unos
meses del 2-3% al 10-12% a principio de los años ochenta. Fue este un paso
decisivo hacia la reconstitución del poder concentrado de las finanzas,
mantenido bajo control en Estados Unidos después del New Deal y, de hecho,
destruido en los grandes países europeos por la Segunda Guerra Mundial. Esta
“dictadura de los acreedores” es un poder frente a los gobiernos (salvo el de
Estados Unidos) y goza de la capacidad de modificar el reparto de la renta y de
influir sobre el ritmo y la orientación de las inversiones en todos los países
que poseen un sector público importante. Se trata de un poder pronto
incrementado en el seno de los grupos industriales, a medida que la
centralización de la propiedad de las acciones fue abriendo la vía al “gobierno
de las multinacionales”. Los inversores financieros recibieron como regalo de
los gobiernos, empezando por el de Estados Unidos, el recurso generalizado a la
financiación de los déficits presupuestarios mediante la emisión de acciones
negociadas en mercados secundarios con gran liquidez. Este sistema les ofreció
elevados tipos de interés y una gran seguridad en la recepción de los
beneficios de sus préstamos. En el momento más elevado de la financiación de
los presupuestos por medio de préstamos, el déficit Federal estadounidense,
como el de muchos otros países, sobrepasó el 4% del PIB, de manera que casi la
cuarta parte de los presupuestos se consagraban a la financiación de la deuda
pública. Estos inmensos recursos financieros han permanecido en gran medida
cautivos de las finanzas y han desembocado en la acumulación de activos
financieros ingentes en manos de instituciones financieras no bancarias (en
primer lugar, los fondos de pensiones y de inversión financiera), los cuales ha
maniobrado con vistas a la plena reconstitución de mercados financieros
“mundializados”, capaces de garantizarles la “liquidez” en el sentido de Keynes
y de André Orléan [12]. El big bang de los mercados bursátiles y la
liberalización de los mercados financieros “emergentes”, completaron el trabajo
realizado de manera concertada por los Bancos centrales, los poseedores del
mercado y los grandes inversores en los mercados situados en el corazón del
sistema.
3. Gobierno de las multinacionales y
la maximización de la plusvalía y de los beneficios
El
restablecimiento pleno de la liquidez como institución completó la emergencia
del régimen de acumulación con predominio financiero. A la capacidad de
influencia de las finanzas sobre los gobiernos se añadieron las consecuencias
de una nueva forma de relación entre los accionistas, los dirigentes de empresa
y los asalariados. Junto a los rendimientos de los títulos de deuda pública,
los dividendos se convirtieron en un mecanismo determinante de apropiación del
valor y de la plusvalía, y los mercados bursátiles, en una institución decisiva
para la regulación del régimen de acumulación. A la presión “impersonal” de los
mercados financieros, ejercida sobre los grupos industriales por medio de los
niveles comparados del tipo de interés de los títulos de deuda y de los
beneficios industriales, se añadieron nuevas formas, con gran poder coercitivo,
de entrelazamiento entre “finanzas” e “industria”. La entrada de los fondos de
pensiones y de inversión financiera en el capital de los grupos ha dado lugar a
cambios importantes en las formas de relación y en las modalidades de
vinculación entre las finanzas de la gran industria, cuyas consecuencias
negativas para los trabajadores todavía están lejos de haberse extinguido. El
tipo alemán de interconexión entre los bancos y la industria, del que
Hilferding era el arquetipo de capital financiero, se ha convertido hoy en una
especie de “edad de oro” de las relaciones entre el capital-dinero concentrado
y la industria.
Las
nuevas formas de interrelación comprenden un conjunto de mecanismos que van
desde la remuneración de los altos directivos con stock options a una
vigilancia casi continua de la estrategia de los grupos por parte de los
gestores de los fondos de inversión, destinados a aproximar los puntos de vista
de los dirigentes industriales y de los gestores financieros, cuando no a
sellar una estrecha alianza entre ellos. En los años noventa, el “gobierno de
las multinacionales” (corporate governance) logró obtener cifras muy elevadas
de rentabilidad en las inversiones en acciones, y convirtió tales porcentajes
en una norma casi inviolable. Dicha norma ha generado presiones cada vez
mayores sobre las empresas, tanto en términos de ahorro en la utilización del
capital en efectivo (capital fijo y capital en circulación fuera de los
salarios) [13], como del porcentaje de la plusvalía, cuya medida es la
productividad del trabajo. No era posible, ni lo sigue siendo, dar satisfacción
a los inversores sin que aumentaran las formas de explotación en el trabajo.
La
mundialización de la competencia, nacida por una parte de la liberalización y
de la desregulación de los intercambios, de la inversión directa en el
extranjero y de la desaparición del aislamiento de los oligopolios nacionales
y, por otra, de las tecnologías de la información y la comunicación, han sido
los factores decisivos que permitieron a las empresas que cotizan en las Bolsas
de los mercados más importantes atenerse a las normas de los gestores. Tal como
sugiere Frédéric Lordon, la introducción de la máximoa flexibilidad en el
mercado de trabajo y en la organización cotidiana de la actividad, y el
sometimiento de los asalariados con calificación media o baja a
contratos-basura son un “intento de imponer al mundo laboral un equivalente de
la liquidez con que el mercado financiero dota al capital” [14]. Es la pura
verdad, pero sólo expresa una parte de la realidad. La flexibilidad salarial no
es únicamente “la puesta en marcha del paradigma de la escapatoria ... la
aplicación al mundo del trabajo de esta búsqueda obsesiva de la reversión, del
momento de inercia más bajo posible”. Es también un elemento constitutivo
fundamental del incremento de la explotación de la mano de obra, de lo que las
empresas deben obtener y/o centralizar como masa de plusvalía, tanto en los
países de origen como en los de implantación de sus filiales, con el fin de
poder satisfacer la norma de rentabilidad, al menos de manera transitoria. Para
alcanzar dicho objetivo, las empresas cuentan con el poderoso auxiliar de las
tecnologías de la información y la comunicación (TIC), cuya eficacia, sin
embargo, no se puede disociar de la liberalización de la inversión directa en
el extranjero y de los intercambios comerciales. Si las grandes empresas han
podido utilizar dichas tecnologías en beneficio propio de manera tan eficaz es
porque ellas pueden ahora hacer competir entre sí a asalariados de diferentes
países, con muchos grados de cualificación (ya no solamente los menos
cualificados) y porque pueden echar mano de un “ejército industrial mundial de
reservistas”, tanto por medio de los cambios de implantación territorial como
por los flujos migratorios “diseñados a medida”.
Nos
encontramos pues ante un empeoramiento de la explotación, y no frente a la
promesa de un “nuevo mundo” surgido de las nuevas tecnologías. Cuando se dirige
a audiencias de habla inglesa, Jean Gadrey (véase la nota 3) afirma que las
siglas TIC, en vez de corresponder a “tecnologías de la información y la
comunicación”, significan “tecnologías de intensificación y control”. Su empleo
puede incluso reducir el aprendizaje a la mínima expresión. A corto plazo, las
empresas que decidan basar sus actividades en la “ultraflexibilidad del empleo”
pueden servirse para lograrlo de la muy “rígida” definición de las tareas que
permite la programación informática. En una interesante síntesis de estudios de
casos, Pierre Veltz recuerda que “para poder reemplazar de improviso a un
asalariado es preciso que todo sea estrictamente reglamentario y esté bajo
control”. El costo es elevado en términos de aprendizaje y de innovación
interactiva, pero tal enfoque satisface a los gestores financieros. En las
empresas que lo han elegido, como por ejemplo las que se ocupan de
subcontrataciones en los sectores del automóvil y de la gran distribución, la
informática no sirve para “abrir espacios de diálogo”, sino “para bloquear
cualquier discusión”; sus reglas han sido creadas para que los actores no las
puedan utilizar y “la gestión de los acontecimientos (de los incidentes
imprevistos) no da lugar a aprendizaje alguno” [15].
4. Régimen de acumulación con predominio financiero y
mundialización
Este
régimen de acumulación está relacionado con la “globalización” o, de manera más
exacta, con la mundialización del capital, que trataremos brevemente de
explicar. El régimen “financierizado” es una producción de los países
capitalistas avanzados, en particular de aquellos (Estados Unidos y Reino Unido
a la cabeza) donde las finanzas, consideradas como fuerza “autónoma” construida
sobre la institución de la liquidez, habían arraigado más profundamente hasta
la crisis de 1929. No se halla mundializado en el sentido de abarcar a la
totalidad de la economía mundial [16], pero su funcionamiento exige, hasta el
punto de ser consustancial con su existencia, un grado muy alto de
liberalización y de desregulación no solamente de las finanzas, sino también de
la inversión directa en el extranjero y de los intercambios comerciales. Estas
medidas no han de imponerse sólo en los países donde se instala el nuevo régimen
de acumulación, sino en todas partes. En el lenguaje de la “École de la
Régulation”, se dice que si antaño los países podían escoger con un amplio
grado de libertad las formas exactas de su “inserción internacional” y de
“adhesión” al régimen fordista, ahora ya no sucede desde que el régimen de
predominio financiero ha sido establecido en los países más poderosos. Un
proceso de construcción institucional internacional, tanto de facto como de
iure, dirigido por Estados Unidos, el G7, el FMI y el Banco Mundial (es decir,
los que elaboraron el supuesto “consenso de Washington”), formalizado en Europa
por el Tratado de Maastricht y apoyado enseguida por la OMC, hizo que la
“adhesión” de los demás países fuese obligatoria y redujo al mínimo su
capacidad de elección en cuanto a dicha “inserción internacional” [17].
Queda
claro que la mundialización financiera se ha dotado de la función de garantizar
la apropiación, en condiciones lo más regulares y seguras posibles, de los
beneficios financieros (intereses y dividendos) a escala mundial. Su
arquitectura inicial, al igual que las reformas introducidas a partir de la
crisis asiática, tienen por objeto permitir la valorización del capital de
inversión financiera en todos los países susceptibles de sostener un mercado
financiero capaz de acoger inversiones extranjeras. Ha sido, pues, necesario
que estos países se plieguen a las exigencias de liberación financiera del FMI.
Sin embargo, el régimen de acumulación “financierizado” no podía contentarse
únicamente con la liberalización de las finanzas. La nueva interrelación entre
finanzas e industria exige que los grupos (cuyos beneficios y dividendos
pagados son la única razón tangible del curso de las acciones), puedan elegir a
voluntad los lugares de aprovisionamiento, de producción y de comercialización,
y gocen de la liberalización completa de la inversión directa en el extranjero,
así como de la abolición de cualquier impedimento de aprovisionamiento local.
Estos
son los fines que perseguía la creación, en un ámbito regional, de la ALENA y,
en un ámbito mundial, de la OMC. El caso del AMI resultó un fracaso, pero fue
ampliamente compensado por la presencia en el Tratado de Marrakech de un marco
de disposiciones draconianas para la apertura de los mercados públicos y para
la apertura y la desregulación de los servicios públicos (objetivo del Acuerdo
General sobre el Comercio de Servicios, el AGCS). Gracias a tales instituciones
y a tales mecanismos, el régimen de acumulación con predominio financiero está
igualmente mundializado, pues su importante proyección internacional otorga a
los países capitalistas en donde el régimen fue establecido en primer lugar la
dominación absoluta del sistema. Tanto en el terreno de las finanzas como en el
de la libertad de acción exigida por las compañías industriales, estos países
ejercen un enorme control no sólo sobre los países más débiles (de
subordinación “tradicional”) sino también sobre los países capitalistas
avanzados que implantaron el nuevo régimen “con retraso”.
La
mundialización del capital es, por su propia naturaleza, muy selectiva. Desde
los años ochenta ha engendrado un sistema de jerarquías mucho más rígido que el
que había prevalecido durante la internacionalización de los años 1950-1978.
Con la consolidación del régimen de acumulación con predominio financiero, la
jerarquización y la diferenciación se acentúan todavía más. El tamaño de cada
país, sus recursos naturales y, sobre todo, las trayectorias históricas
diferentes seguidas por cada uno de ellos, condicionan relaciones muy variadas
con el nuevo régimen de acumulación. Nos limitaremos aquí a tres casos típicos.
El primero es el de países como Francia, donde la burguesía financiera y los
gobiernos alternantes de izquierda y de derecha tienen todavía el proyecto de
implantar el nuevo régimen a domicilio, pero preparan, de manera consciente o
inconsciente y a base de impulsos y retrocesos, su integración en un conjunto
transatlántico de los que el eje sería el mercado financiero estadounidense y
la OTAN el brazo armado. El segundo caso es el de los numerosos países donde no
es posible ni soñar en la implantación autónoma del régimen de acumulación y
donde la elección consiste, bien en tratar de resistir y poner límites a la
liberalización financiera, bien en aprovecharse (sin vergüenza alguna, en
calidad de “provincia del Imperio”) de los beneficios permitidos por la
libertad de acceso a los mercados bursátiles más atractivos. Por último, existe
el caso particular (más exactamente, el caso único) de Estados Unidos, país que
se beneficia de la afluencia permanente del capital de inversión financiero que
le llega del resto del mundo.
5. Los ingredientes particulares del crecimiento
estadounidense
A la luz
de la experiencia de Estados Unidos durante los años noventa, el crecimiento en
régimen de acumulación con predominio financiero supone la capacidad de
satisfacer diversas condiciones. Nada permite suponer que éstas se hallen al
alcance de los países que no ocupan el lugar de Estados Unidos en el sistema
mundial ni cuentan con la trayectoria histórica de su formación social. Si
consideramos los componentes del crecimiento estadounidense de la segunda parte
de la década de los años noventa, es preciso que una economía (la de un
Estado-nación o la de una Unión de Estados):
1º)
Posea un amplio abanico de empresas que buscan
obstinadamente, en el marco de un entorno muy desregularizado y por medio de un
gobierno absoluto de las multinacionales, la maximización de la productividad
del trabajo y del capital.
2º)
Tenga mercados bursátiles muy implantados que les
permitan “producir” durante un largo período beneficios financieros elevados,
así como un conjunto de anticipaciones económicas establecidas en torno a los
valores bursátiles.
3º)
Esté igualmente en condiciones de asegurar y de
sostener la creación de una cantidad muy elevada de capital ficticio, eso que
comúnmente se denomina “burbuja financiera”. El país (o la Unión) debe poder
alimentar dicha burbuja durante largos años y su gobierno y sus autoridades
monetarias deben poseer armas con las que hacer frente a los riesgos de un
crash bursátil.
4º) Por último, esta economía debe disponer de un conjunto de mecanismos, internos y externos, que garanticen a las empresas los recursos en ciencia y en tecnología y en mano de obra especializada o especializada que sus propias inversiones no podrán asegurar.
Es en
torno a la segunda y tercera condiciones donde se concentran la mayor parte de
los aspectos más determinantes (y menos reproducibles por otros países) de lo
que el crecimiento estadounidense del período 1995-2000 le debe a la situación
internacional única que ocupa Estados Unidos. Tienen que ver con la posición
ocupada por el dólar en el seno del sistema financiero mundial y con su
estatuto de país preferido por las clases capitalistas y las oligarquías
rentistas del mundo entero para la inversión de capital-dinero. Pero el lugar
particular que ocupa Estados Unidos en la mundialización del capital y la
capacidad que tiene para sacar provecho de su estatuto de potencia hegemónica
se debe asimismo a la cuarta condición.
La
publicación en un intervalo bastante corto de un conjunto de trabajos
estadounidenses y franceses sobre la productividad estadounidense en sus
numerosas facetas, permite apreciar mejor que nunca los aspectos del “gobierno
de las multinacionales” en el sector productivo. Gracias a estos trabajos ahora
es posible evitar el error de limitar el análisis del régimen de acumulación
con predominio financiero a los mecanismos con que los fondos financieros
valorizan la forma A-A' del capital-dinero. El aumento de la productividad es
una de las razones, sin ser de ningún modo la única, del bajo nivel de
inflación conocido por la economía estadounidense durante un período tan largo
de expansión cíclica. Pero existe asimismo el nivel (más importante todavía) de
las relaciones de explotación, que permite explicar de qué manera un régimen de
acumulación tan marcado por un proceso de valorización del capital, en el que
los dividendos y los intereses ocupan buena parte de los beneficios que las empresas
reservan para la inversión y para la investigación y desarrollo, no se adentra
de inmediato en un callejón sin salida. El aumento de los índices de
explotación de los trabajadores ha equilibrado, al menos en parte, el
crecimiento de los beneficios distribuidos a los accionistas.
El
aspecto complementario del crecimiento estadounidense (su otro “motor”, ese
cuyo atasco tanto se teme) ha sido una demanda ordenada en torno a los mercados
bursátiles. La paradoja de la economía estadounidense de los años noventa [18]
es que ha sido una economía espoleada por la demanda interna, donde la
recuperación de la inversión se debió en parte al descenso de los precios del
hardware informático y en parte al crecimiento del consumo privado. Dicho
consumo se vio sostenido, de manera casi invariable y en algunos momentos
determinante, por un crédito bancario muy permisivo, autorizado y a menudo
alentado por la Reserva Federal. Este consumo es cada vez más dependiente de la
influencia ejercida sobre él por los mercados bursátiles de Wall Street y del
NASDAQ, mediante una combinación peculiar de efectos debidos a los beneficios y
a la previsión de beneficios (los denominados “efectos de la riqueza”) de
origen bursátil. La singularidad de Frédéric Lordon en el seno de la “École de
Régulation” consiste en haber avanzado la hipótesis de que la burbuja
financiera ha dejado de ser “una aberración local, una deriva transitoria, un
paréntesis en el curso de una dinámica financiera en general razonable, para
convertirse en un carácter permanente del régimen de acumulación
financierizado” [19]. En otras palabras, una vez que el engranaje del circuito
económico global y de la creación de la demanda fueron reconfigurados para
transitar por el ámbito financiero, ya no puede existir “régimen de
crecimiento” sin burbuja, sin la creación de un capital ficticio sin
precedentes. Pero la burbuja sólo puede asegurar plusvalías financieras a los
inversores a condición de ser alimentada sin descanso. Es aquí donde
intervienen los flujos exteriores que tanto benefician a Estados Unidos
6. Orígenes, condiciones y límites del aumento actual de
la productividad
La
explicación del crecimiento estadounidense exige tener en cuenta los dos
extremos: la articulación entre el aumento de la productividad y la formación y
la cristalización estructural de la burbuja financiera.
El
aumento del índice de crecimiento de la productividad total de los factores
(esa que Robert Solow buscaba en las estadísticas hace quince años, sin encontrarla)
ha sido para Estados Unidos la “divina sorpresa” de la última década del siglo.
Tuvo lugar al mismo tiempo que la formación de la burbuja y es uno de los raros
factores que la nutren con una base real endógena. Por eso, la ralentización
del crecimiento de la productividad que se inició el año 2000 provocó tensiones
financieras que dieron lugar a un crash del mercado principal de valores. Uno
de los factores que más ayudó a lanzar el movimiento alcista inicial de la
productividad fue la publicidad que, a partir de 1995-96 (precisamente el
momento en que Business Week anunció el advenimiento de la “nueva economía”),
se dio a los resultados de las encuestas industriales y de las investigaciones
sobre la transformación de la organización del trabajo en diversos grupos. La
publicación de datos estadísticos macroeconómicos que confirmaban la
recuperación del crecimiento de la productividad, contribuyó luego a consolidar
el movimiento alcista, permitiendo la formación en torno a Wall Street y al
NASDAQ de una aquiescencia de la "nueva economía" en el sentido de
André Orléan. Pero dichos datos, así como los trabajos llevados a cabo a partir
de ellos, muestran que la mejora de la productividad del trabajo y del capital
se basó en una reorganización profunda de la organización de las empresas.
Llegados
a este punto, y siguiendo el enfoque del informe del Conseil d'
Los
trabajos estadounidenses citados con mayor frecuencia en las discusiones
actuales atribuyen la mitad del aumento de la productividad del trabajo al
empleo de las tecnologías de la información y la otra mitad al aumento de la
productividad global de los factores [22]. Los trabajos más esclarecedores
pertenecen a Robert Gordon, y en sus conclusiones quedan considerablemente
relativizados los éxitos estadounidenses. Gordon no comparte la euforia de la
“efervescencia tecnológica”, y explica con gran claridad cuál es la distinción
entre la productividad media del trabajo, que atribuye el crecimiento de la
producción únicamente a las horas trabajadas, y la productividad global de los
factores, cuya significación es mucho más importante, puesto que atribuye el
crecimiento de la producción al conjunto de los factores, capital, trabajo,
materias primas, energía, etc. Las conclusiones de Gordon son [23]:
1º)
Que el único sector de la economía que ha conocido
un aumento de la productividad global de los factores ha sido el sector
productor de ordenadores y de microprocesadores.
2º)
Que en el sector de producción de los bienes
duraderos ha habido un aumento de la productividad media del trabajo, debido a
la introducción de los ordenadores y de los bienes de inversión automatizados
que utilizan microprocesadores, pero no ha habido incremento alguno de la
productividad global de los factores.
3º) Que en el resto de la economía, es decir, en el sector de producción de los bienes no duraderos y en el sector de los servicios, el “efecto informático” apenas ha tenido influencia: aquí no se constata ninguna modificación sensible de la productividad del trabajo.
Es
fundamentalmente la segunda conclusión lo que permite al Conseil d’
El
cálculo de la productividad está lejos de la unanimidad de los especialistas.
El informe del Conseil d’
1º)
Hasta 1996 (fecha en la que se detiene la
comparación, en ausencia de cifras europeas y estadounidenses comparables), la
productividad del trabajo aumentó con mayor rapidez en Europa que en Estados
Unidos, incluso durante la última década, tan a menudo presentada como perdida
por Europa.
2º)
El aumento de la productividad del capital es más
fuerte en Estados Unidos que en Europa, pero como parte de un nivel de arranque
más bajo en 1981-82, los niveles respectivos son casi los mismos en 1996 y 97.
3º)
El crecimiento, tanto del porcentaje de beneficios
como de los beneficios [27] <>, es mucho mayor en Europa que en Estados
Unidos.
4º) Por último, que ha habido una recuperación de la inversión (aquí el porcentaje de crecimiento neto de la masa de capital fijo) solamente en Estados Unidos, ya que la situación en Europa se ha caracterizado por un estancamiento de este indicador.
Doug
Henwood [28] ha relativizado un tanto el alcance de esta nueva dinámica de la
inversión, calculando lo que debía a las sociedades del sector financiero
(fondos de inversión, bancos, agentes de bolsa, expertos y consultores
financieros, etc.). La tabla siguiente muestra que dicho sector no sólo ha
aumentado considerablemente su parte en el PIB (columna 2), sino también, y en
mayor medida, su parte en las inversiones en bienes de equipo , sobre todo los informáticos
(columna 3). Las empresas del sector financiero aseguraron en 1998 más del 21%
de la inversión total del sector privado.
Participación del sector financiero en el PIB
y en las inversiones en capital fijo de Estados Unidos
|
Años |
Parte del
PIB (en %) |
Parte
de la formación de capital fijo ( %) |
|
Media
de los años 70 |
1,1 |
9,8 |
|
Media
de los años 80 |
1,6 |
13,7 |
|
Media
de los años 90 |
1,7 |
16,9 |
|
Año 1998 |
2,4 |
21,4 |
Fuente: D. Henwood, Booming, Borrowing and Consuming, op.
cit.
Estos
datos sobre la composición de la inversión son un indicador que concuerda con
las conclusiones de Gordon, ya que el elemento motor del crecimiento
estadounidense no ha sido un proceso intempestivo de renovación tecnológica que
haya dado lugar a un vasto movimiento de inversiones. El aumento de la
productividad del capital y el incremento del porcentaje de explotación de la
mano de obra han sido condiciones permisivas (los estadounidenses llaman a esto
enabling factors), y es menester estar de acuerdo con Henwood cuando, secundado
por el conjunto de los economistas que trabajan para The Economist, dice que el
crecimiento se ha mantenido a causa de una demanda de un tipo particular.
7. Permanencia relativa del mercado alcista y jerarquía
entre las Bolsas
La
experiencia de Estados Unidos durante los años noventa es la de una economía en
la que, tras la plena consolidación del régimen de acumulación con predominio
financiero, los engranajes del circuito económico global y de la formación de la
demanda se han reconvertido para funcionar en el ámbito financiero. Tras haber
disminuido de año en año, el ahorro de las familias ha llegado a ser negativo
en el año 2000. Es preciso ver aquí el resultado de un “efecto de inversión en
el mercado bursátil” que combina dos componentes: uno, el de la “renta” (el
consumo de una parte de la renta obtenida de los dividendos e intereses
percibidos), de amplitud media (limitada según los cálculos); y otro, el de la
“posesión de un patrimonio”, que permite gastos basados en previsiones de
ganancias financieras futuras [29], todo ello sostenido por un crédito bancario
muy expansionista. Entre 1990 y 1999, la relación entre los títulos bursátiles
(equity holdings) que poseían las familias estadounidenses y la renta que
percibían por ellos pasó del 58% al 170% en 1999, al mismo tiempo que tenía
lugar uno de los rasgos más originales de la coyuntura que ha vivido Estados
Unidos durante la última década, es decir, la disminución del porcentaje de los
beneficios obtenidos en los fondos de inversión financiera, en intereses y en
dividendos, y el incremento de los beneficios resultantes de las plusvalías
bursátiles [31]. Según Frédéric Lordon, estaríamos frente a “una de las
contradicciones fundamentales ... del régimen de acumulación”, la que “se basa
en que la exigencia de rentabilidad financiera, el famoso 15% de beneficios en
los fondos propios, … excede con mucho a las posibilidades objetivas de
rentabilidad de un gran número de las actividades económicas que éstos financian.
Además, ... exige un beneficio total, es decir, que al flujo de beneficios
obtenidos de la producción se le añadan las plusvalías ligadas a la dinámica
del valor de los activos” [32].
Cuando
una economía empieza a encerrarse en relaciones macroeconómicas de este tipo,
la cuestión planteada por Lordon, así como las preguntas que se desprenden de
ella, se hacen inevitables: ¿acaso la burbuja financiera no está adquiriendo
rasgos de permanencia? ¿Acaso la existencia de un mercado alcista no es la condición
indispensable para que los engranajes macroeconómicos de los que depende el
nivel de la demanda efectiva pueda reproducirse sin brusquedades? ¿Acaso la
política económica y monetaria gubernamental no se verá dominada por la
tentativa de evitar el crash a cualquier precio? ¿Acaso no tendrá tendencia a
alimentar la burbuja y, en cualquier caso, a sostener la longevidad del mercado
alcista?
La
experiencia de los años noventa (la crisis mexicana seguida de la crisis
asiática), y en la actualidad el hundimiento del NASDAQ, exigen que se
delimiten mejor las expresiones de burbuja financiera y de mercado alcista.
Frente a los embates que ha sufrido el Dow Jones, que todavía no han conducido
a la quiebra del sistema financiero estadounidense, es preciso sobre todo
establecer una jerarquía entre los territorios financieros e incluso entre
mercados de caracteres diferentes en el mercado de Nueva York. La formación de
burbujas financieras es consustancial a la propia institución de la liquidez.
El accionista de mercado financiero, en especial el inversor institucional, no
se contenta con cobrar dividendos. Busca sobre todo la plena liquidez de sus
inversiones, es decir, la posibilidad de obtener plusvalías bursátiles
modificando sus apuestas, comprando o vendiendo tal o cual paquete de acciones
en cualquier momento. Necesita amplios mercados financieros en los que
modificar su cartera (portafolio) a voluntad. Pero el inversor institucional, y
en primer lugar el de fondos de pensiones, necesita también, en un grado mucho
mayor que los capitalistas financieros de los años veinte y treinta,
condiciones que garanticen un mínimo de estabilidad a tales operaciones.
Necesita, de hecho, una combinación original de mercados: aquellos en los que
puede librarse a la especulación y aquellos de los que huir al instante si se
hunden los valores en que ha especulado sin vergüenza.
En
contra de la opinión dominante, André Orléan sostiene que, para delimitar
responsabilidades en las crisis mexicana y asiática, “es preciso volver la mirada
hacia los acreedores, hay que comprender el exceso de movimientos de capitales:
en primer lugar el exceso en las entradas de capitales que condujo a una
inflación financiera a principios de los años noventa, y luego el exceso,
también masivo, en las salidas de capitales, que sumió a los países concernidos
en una crisis extrema” [33]. Una lectura atenta de esta frase muestra que la
defensa de la liquidez no se plantea de la misma manera en Bangkok que en Wall
Street. Tanto la convicción del compromiso endógeno de la comunidad de
inversores como la fuerza de las garantías exógenas (por ejemplo, la Reserva
Federal) son radicalmente distintas, aunque ambos aspectos están vinculados. En
Nueva York se puede afirmar esto mismo del NASDAQ con respecto al NYSE.
La
liquidez, dice Orléan, “se basa en el compromiso tácito de la comunidad
financiera a hacerse cargo de la totalidad del capital. ... Cada uno puede
sentirse libre de comprar o de vender las acciones porque sabe que, a fin de
cuentas, el mercado absorberá todos los títulos emitidos. ... Este compromiso
es de una naturaleza singular, puesto que nadie en particular se ha
comprometido en realidad. No es menos real y forzado en el sentido de que todos
los inversores, como grupo, están obligados por este compromiso. Esto es lo que
revelan con todo esplendor las crisis: existen precisamente porque el mercado
se niega a aceptar dicho compromiso” [34]. Ya comenté en otro lugar que “frente
a las exigencias de compromiso definidas de esta manera, es preciso constatar que
la liquidez, en este sentido casi absoluto del término, tan sólo se encontrará
en un número muy reducido de mercados. La experiencia demuestra, sea en Méjico
o en los países del sudeste asiático, que los inversores institucionales
(nacionales o extranjeros, Hedge Funds o fondos más respetables) no mostraron
el menor compromiso con respecto a los mercados de esos países y no dudaron ni
por un momento en retirarse” [35]. Más allá de los temores pasajeros, la caída
del NASDAQ emparejada a la resistencia del Dow Jones prueba que dicho
comportamiento puede darse en un mismo territorio financiero.
8. Estallido de burbujas y concatenación
de las diversas formas de capital ficticio
Los
mercados tienen una vida en parte autónoma, cuya labor es la creación de los precios
de las acciones sobre la base de las particulares “convenciones” estudiadas por
Orléan. Por eso, son el lugar donde crecen capitales ficticios de enormes
dimensiones, cuya capitalización bursátil es sólo aproximada. El lenguaje de
los semanarios económicos pone de manifiesto el carácter ficticio del
patrimonio financiero, como muestra este ejemplo: “desde el mes de marzo de
2000, las familias estadounidenses han visto desaparecer dos billones de
dólares de su patrimonio” [36]. Únicamente puede “desaparecer” de semejante
modo un patrimonio que, por mor de esta institución particular que es el
mercado secundario de valores, tan sólo ha existido de manera virtual.
Marx es
el único de los grandes economistas, en el sentido de este término empleado por
Schumpeter (un economista que propone una interpretación global del
capitalismo) que reservó en su análisis un lugar a dicho “capital”. En su
momento, Marx describió tres formas: las acciones, los títulos de la deuda
pública y el crédito, exactamente lo que Suzanne de Brunhoff denomina “el
crédito del banquero” [37]. En lo relativo a las acciones, que aquí nos
interesan de manera especial, Marx escribió que: “los títulos determinan
únicamente derechos sobre una fracción de la plusvalía que el propietario se va
a apropiar. Sin embargo, dichos títulos se transforman también en un duplicado
del capital real, en pedazos de papel, como si un certificado de devolución de
valores pudiera tener un valor yuxtapuesto al de la devolución, y al mismo
tiempo que ésta. Se transforman en representantes nominales de capitales que no
existen ... en su calidad de duplicados, negociables por sí mismos como
mercancías que circulan, pues, como un capital de valor ficticio: puede
aumentar o disminuir de manera independiente de los movimientos de valor del
capital real, sobre el que sus poseedores tienen un derecho” [38].
Los
marxistas deberían desarrollar plenamente esta noción. Un patrimonio o un
capital constituido por títulos bursátiles es un capital ficticio. Está
compuesto por créditos, es decir, por promesas sobre una actividad productiva
futura, que son luego negociados en un mercado muy particular que fija el
precio según mecanismos y convenciones muy especiales. Su constitución puede
igualmente estar ligada, en diversa medida, a la formación de capital ficticio
bajo forma de crédito. La naturaleza misma del capital ficticio hace que su
evaluación sea difícil y fluctuante. Es inevitable recurrir a los indicadores
que informan acerca del peso de los mercados y de los activos financieros en la
economía de Estados Unidos, cuya lista es larga, teniendo en cuenta sus límites
intrínsecos. Estos indicadores son a la vez expresión de una fortaleza
económica auténtica y de una “burbuja”, de una acumulación de capital puramente
ficticio.
Veamos
algunos ejemplos. La cantidad de los activos nominales que poseen los
inversores institucionales es un indicador ampliamente utilizado. Los de los
fondos de pensiones estadounidenses han pasado de 2.533 millardos de dólares en
1990 a 7.162 millardos en 1998, y los de los Mutual Funds, de 1.155 millardos
en 1990 a 5.088 millardos en 1998 [39]. Como el importe de los activos se
calcula según su precio de mercado, no es independiente del crecimiento de la
capitalización bursátil. En el caso del mercado principal (NYSE), la curva de
la capitalización bursátil ha seguido un crecimiento exponencial, pero regular.
Pasó de los 1.500 millardos de dólares en 1994 a más de 12.000 millardos a
principios de 2000. Por el contrario, en el caso del NASDAQ, a partir de
finales de 1998, y una vez disipados los temores a las consecuencias que la
crisis rusa pudiera tener en Wall Street y los de la grave crisis en Brasil,
asistimos a un verdadero desenfreno de la especulación, que dio lugar a un
crecimiento inusitado de la capitalización nominal. Ésta era de 1.000 millardos
en 1994, de 2.500 millardos a finales de 1998 y de más de 5.000 millardos a
principios del año 2000, antes de que se iniciara el desplome. El volumen de
las transacciones cotidianas es otro indicador del importe del capital ficticio
que ha podido crearse. En el NYSE, se ha pasado de 250 millones de dólares en
1994 a más de un millardo en el año 2000. En el NASDAQ se pasó de 250 millones
de dólares, igualmente en 1994, a 1,7 millardos en el año 2000 [40].
Ya se
trate de la capitalización bursátil o del flujo de beneficios que proporcionan
los créditos, nos encontramos frente a una situación en la que el valor del
capital que un gestor de fondos ha de gestionar y que una familia cree poseer
está totalmente subordinado a la “salud” del mercado bursátil. A su vez, ésta
depende del estado de la economía. Para que los valores resistan, es evidente
que las empresas que cotizan en bolsa no deben quebrar ni ser incapaces de
pagar los dividendos que anunciaron. Regresemos ahora a la expresión relativa a
la “desaparición del patrimonio” en caso de desplome de los valores. Tal
desaparición es evidentemente perjudicial para los interesados, pero sólo se
transforma en un problema económico si alcanza una amplitud importante y tiene
lugar en tales condiciones que la destrucción de los activos ficticios llegar
ser capaz de desencadenar una recesión. En su época, Marx escribió lo
siguiente: “A menos que esta depreciación (del valor de los títulos) no se
traduzca en una parada real de la producción y del tráfico por canales y vías
férreas, o por el abandono de empresas que ya están funcionando, o por la
dilapidación de capital en asuntos sin valor alguno, la nación no perderá un
solo ochavo con el estallido de esas burbujas hinchadas de capital-dinero
nominal” [41]. Marx examinó esta cuestión en un capítulo sobre “los componentes
del capital bancario”. La posesión de títulos por parte de los bancos y la
estrecha imbricación entre crédito bancario y Bolsa le parecieron ya un importante
modo de conexión y propagación entre la destrucción de capital ficticio
bursátil y el retroceso o el hundimiento de la actividad económica.
Este
aspecto es de plena actualidad. Los mecanismos de propagación a través de los
bancos son hoy día objeto de una particular solicitud por parte de la Reserva
Federal y del FMI, así como de los especialistas financieros[42]. Cuanto mayor
sea el capital ficticio creado por los bancos, bien por haber concedido un
crédito fácil a empresas o a particulares cuyos títulos han bajado de valor,
bien porque sus propias acciones disminuyen en sus portafolios, más inclinados
se sentirán éstos a revisar todos sus préstamos y a limitar el crédito (es lo
que se llama el credit crunch). No fueron los crash de los pequeños mercados
bursátiles de Méjico y de los países del sudeste asiático los que arrastraron,
por sí solos, a las economías de estos países a recesiones brutales y, en
diversos casos, duraderas. Hubo recesión y depresión porque el estallido de
estas burbujas provocó el estallido en cadena de otras burbujas (inmobiliarias,
por ejemplo) y se extendió a los balances bancarios, provocando una destrucción
del capital ficticio en forma de crédito y, a partir de ahí, la crisis se
propagó de manera brutal hacia el resto de la economía. Al término de una
crisis financiera que abarcó todas las facetas de las finanzas y de la banca,
estos países, como predijo Marx, “perdieron muchísimos ochavos” y quedaron
totalmente endeudados [43].
9. ¿De qué se alimenta el larguísimo boom del mercado de
las acciones?
¿Acaso
la caída del NASDAQ, que a mediados de marzo de 2001 perdió el 63% de su valor
con relación a su cotización máxima de un año antes, implica una “desaparición
de patrimonio” de tal magnitud que pueda desencadenar los mecanismos de
propagación? Es difícil predecirlo, dada la capacidad de resistencia que ha
demostrado durante los últimos años el mercado principal, el NYSE. La hipótesis
de Frédéric Lordon relativa al carácter permanente de la burbuja sigue pues
vigente. En cualquier caso, es preciso explicar las causas de la gran duración
del boom bursátil. Las respuestas que él propone (evolución hacia el “beneficio
total” y capacidad de los inversores para reagruparse en torno a convenciones
poco realistas pero que convencen a la mayoría) no son satisfactorias, porque
dejan demasiado protagonismo a la “autonomía de las finanzas”. Me parece
indispensable demostrar que esta afirmación acentuada del “poder de las
finanzas” se basa en fundamentos reales. Los mecanismos de la autorrealización
de las opciones financieras alcistas habrían sido incapaces por sí mismos de
mantener movimientos alcistas de tal amplitud. Otros factores han contribuido a
ello de manera determinante, y su importancia se demuestra estudiando las
condiciones de crecimiento en los países que no poseen las bazas que han
permitido a Estados Unidos alimentar una burbuja bursátil durante tantos años.
Es preciso igualmente explicar cuál es la sustancia económica de las plusvalías
bursátiles y encontrarles un garante fuera del campo cerrado del mercado de
valores.
Dejando
a un lado las representaciones mitificadas del mundo financiero, el capital
ficticio que compite en la Bolsa no posee la propiedad de crear nuevas
riquezas, de crear valor. Para que la burbuja financiera pueda adquirir
estabilidad es preciso que las finanzas ejerzan algún parasitismo sobre la
economía real La posición de Lordon plantea problemas cuando escribe que “la
necesidad (de obtener “beneficios totales”) es tan grande que arrastra al
conjunto de los inversores y que la exigencia de tales porcentajes de
rentabilidad se convierte en una razón en sí misma... mientras que la economía
real es incapaz de sostenerlos de verdad” [44]. La economía real de Estados
Unidos, considerada de forma aislada, sería verdaderamente incapaz de sostener
la burbuja, pero cuando un conjunto de países aporta su ayuda canalizando
fracciones de valor y de plusvalía hacia Wall Street y hacia el NASDAQ,
entonces los límites de la capacidad de la economía real para nutrir el movimiento
alcista pueden ser ampliados. En términos generales, es preciso poder explicar
de qué manera la incapacidad identificada por Lordon, que un día terminará por
manifestarse desencadenando un verdadero crash, ha podido ser encubierta
durante media década, permitiendo así que los mitos de la “nueva economía” y de
la “salida de la crisis por fin descubierta” arraigasen de tal manera. Antes de
que las tendencias alcistas que los actores de los mercados financieros
establecen entre ellos amenacen con hacer estallar la burbuja y que el vértigo
del que hablaba Marx en el texto citado aparezca de verdad, ha sido precisa la
formación, e incluso el establecimiento consciente, de mecanismos endógenos y
exógenos que sostengan al mercado financiero, alimentándolo con dinero fresco,
pero también echándole una mano de diferentes maneras.
La
elevada capitalización bursátil se ha beneficiado en primer lugar de un proceso
acumulativo endógeno. Las decisiones colectivas de la “comunidad de los
inversores”, la autorreferencia estudiada por André Orléan, han ayudado
evidentemente en este sentido. Las convenciones relativas al mercado han
sostenido el aumento de valor de las acciones. Pero, no obstante, tales
convenciones están ligadas a percepciones cuya fuente se encuentra, hasta
cierto punto, en la economía real. El aumento de los valores se ha basado, por
una parte, en la reinversión que los propietarios de acciones (instituciones
financieras, empresas o familias) han ido haciendo de una fracción, sin duda
elevada, de los dividendos que percibían. Se sabe que las familias sólo
consagran una parte de sus ingresos financieros al consumo e invierten
inmediatamente la otra en títulos o en participaciones de Mutual Funds. Las
familias actúan así debido a que su portafolio les sirve de fianza bancaria
(collateral) para obtener hipotecas inmobiliarias o préstamos destinados al
consumo de bienes duraderos. Por su parte, las empresas que cotizan en Bolsa se
han visto forzadas a adquirir en gran medida sus propias acciones, a la vez para
sostener su valor bursátil y para evitar las OPA, pero también para servirse de
ellas como remuneraciones en opciones sobre acciones (stock options) [45]. Al
proceder así, alimentan o sostienen el mercado (como sucedió a finales de
octubre de 1997, en el momento del crash de Hong Kong) y, simultáneamente,
modifican la relación entre la oferta y la demanda de acciones. Éste es uno de
los modos de financiación de las fusiones-adquisiciones entre compañías, que
desde hace varios años se llevan a cabo en gran medida por intercambio de
acciones y, a menudo, resultan en retiradas netas de los títulos ofrecidos en
el mercado. En el NYSE, la oferta de títulos ha disminuído enormemente,
mientras que la demanda no hace sino aumentar, lo cual nos recuerda que la formación
de una masa muy elevada de capital ficticio en los mercados bursátiles se ha
beneficiado del apoyo de otra de las tres grandes formas que adopta el capital
ficticio: el crédito.
Nos
ocuparemos ahora de los factores exógenos stricto sensu al mercado, que
permitieron la creación de la burbuja. En primer lugar, es poco probable que
Estados Unidos hubiera podido conocer un movimiento alcista permanente sin la
intervención de la Reserva Federal y la fuerte creación de crédito que ésta
suscitó en algunos momentos concretos y permitió de manera tácita a lo largo de
la década. Se trata de elementos a los que se fueron adosando de manera cada
vez más clara las convenciones alcistas. Los comentaristas más opuestos a la
política monetaria estadounidense, que son también escépticos en cuanto a la
realidad de la “nueva economía”, llevan señalando varios años hasta qué punto,
a partir de 1992, la recuperación, y después la expansión cíclica, fueron
facilitadas, si no impulsadas, por una expansión muy rápida el crédito y de los
medios monetarios en sentido amplio (M3) [46] que aumentaron una media de más
de un 5% entre 1995 y 1997, y a continuación una media de un 9% en 1998 y 1999.
Durante los meses de septiembre y octubre de 1998, cuando existía una amenaza
de crash, el índice de expansión alcanzó el 12%. Influenciado por sus trabajos
sobre Francia y sobre la Unión Europea, Frédéric Lordon percibe que la
“degradación de las condiciones de ejercicio del poder simbólico del Banco
Central” forma parte integrante del régimen de acumulación con predominio
financiero. En el caso de la Reserva Federal y de Alan Greenspan, se trata más
bien de modificaciones de las condiciones de ejercicio, pues después de un
corto período de retraso, ambos contribuyeron ampliamente a la formación del
contexto que ha permitido a los inversores funcionar bajo un régimen de
“beneficio total” Si consideramos la tolerancia monetaria de la Reserva
Federal, su prontitud a la hora de socorrer a los mercados en caso de crisis,
es preciso afirmar que la Reserva Federal tomó constancia que la “posición de
dominio estructural” que han adquirido las finanzas, a causa sobre todo de su
influencia sobre una parte importante del sistema de las pensiones. El poder
simbólico del Banco Central se ha ejercido a favor de los fondos de pensiones,
y la magia de su verbo, así como sus intervenciones enérgicas, actuaron en
defensa del nivel de los valores bursátiles. Baste con referirse al efecto
combinado que, en el otoño de 1998, tuvo la enorme caída de los tipos de
interés (75 puntos) y el salvamento del LTCM, que se obtuvo imponiendo a las
instituciones de préstamo (bancos muy importantes, entidades de inversión, y
también a los bancos de depósito implicados en acciones de alto riesgo) una
refinanciación inmediata.
10. El déficit exterior estadounidense,
signo del asentamiento mundial del parasitismo financiero
Debe
considerarse además el papel de las relaciones económicas exteriores. Es
imposible disociar los éxitos macroeconómicos y bursátiles estadounidenses de tres
déficits o desequilibrios estrechamente interconectados [47]: una tasa negativa
de ahorro, un endeudamiento privado muy elevado de las familias y de las
empresas y, por último, un déficit de la balanza corriente exterior que ha ido
aumentando de año en año, hasta alcanzar niveles que ningún otro país
industrial ha conocido durante un período tan largo. Se trata de factores de
suma importancia ajenos al mercado bursátil, que han contribuido a explicar de
dónde ha salido el garante de las plusvalías bursátiles, es decir, cuál es la
sustancia económica que alimenta la burbuja.
La tasa
negativa de ahorro y el elevado endeudamiento privado son la expresión del
papel desempeñado por la artificial extensión de la demanda interior. Ambos son
indisociables del déficit exterior, que es una medida de la contribución del
“extranjero” (es decir, del resto del mundo) a la formación de la burbuja
bursátil permanente. El ámbito geopolíticoeconómico en que se cimientan los
resultados financieros de los grupos cotizados en Bolsa y la capacidad de los
gestores de fondos para pasar al “beneficio total”, es el ámbito mundial. La
formación y la consolidación de la burbuja bursátil han coincidido con un
incremento del déficit de la balanza corriente exterior, que ha pasado del 1,7%
del PIB en 1997 al 4,5% en el año 2000 [48]. La burbuja ha sido financiada por
una forma muy particular de endeudamiento exterior. La deuda ya no es
principalmente asunto del gobierno federal, que ha reducido significativamente
su déficit gracias en parte a los programas de austeridad, y en mayor medida a
la buena coyuntura mantenida. Sólo en parte adopta la forma de inversión
directa en el extranjero. El endeudamiento exterior se debe a la entrada de
capitales de inversión financiera que fluyen hacia Wall Street para
aprovecharse de la burbuja. Provienen tanto de inversores institucionales y de
grupos financieros e industriales no estadounidenses, como de las oligarquías y
de los plutócratas del mundo entero, cuyos “ahorros” fluyen atraídos por los mercados
financieros estadounidenses. Estados Unidos ha sido desde hace diez años el
lugar preferente donde hacer fructificar un patrimonio, ya provenga de la
explotación legal de obreros y campesinos o del blanqueamiento de dinero sucio
en mercados off-shore y en otros paraísos fiscales situados en la periferia de
los grandes mercados financieros. Al alimentar el mercado bursátil, estos
capitales no hacen sino sostenerlo en su tendencia alcista. Le aportan una
sustancia “real”, cuyo origen es la plusvalía obtenida de la explotación de los
obreros y de los campesinos pobres en los países originarios de tales trasvases
de capital-dinero. La amplitud de los flujos de capitales de inversión hacia
Wall Street aumenta con ocasión de las grandes crisis financieras y de las
recesiones que golpean el sudeste asiático y la América Latina y convierten a
Wall Street, más que nunca, en refugio de los capitales de inversión de todos
los poseedores del mundo.
Muchos
trabajos que se ocupan del crecimiento estadounidense prestan gran atención al
índice de inflación, que permanece muy bajo después de un boom tan largo. Un
índice tan bajo, que ha contribuido a la consolidación de las tendencias
alcistas, no se debe solamente a la mejora de la productividad, tal como
pretenden las explicaciones más apologéticas del “milagro estadounidense”.
Dicho índice ha de ser también analizado a partir de la singular posición que
ocupa Estados Unidos en el sistema de relaciones económicas entre los Estados.
De la misma manera que el continuo flujo externo de capitales de inversión ha
sido uno de los factores en que se basó el movimiento alcista de Wall Street,
la posición internacional única de Estados Unidos explica en parte el bajo
nivel de inflación. Se encuentra, por un lado, eso que los sindicatos
estadounidenses denominan “the maquiladora effect”, es decir, el recurso
constante de las grandes compañías a la amenaza de abandonar su implantación en
un país y trasladarse a una planta maquiladora en las zonas francas de Méjico,
amenaza que cumplen a menudo. Los asalariados estadounidenses compiten ahora
directamente con los de los países de bajos salarios en un grado mucho más
elevado que en Europa [49]. Por otra parte, tenemos el efecto deflacionista de
los precios de base, desmultiplicado por el tipo de cambio de la moneda
soberana en el mercado de divisas. Cuando se logró contener la reacción en
cadena mundial de la crisis asiática y la recesión quedó circunscrita a un
conjunto de países asiáticos dependientes, las economías occidentales se beneficiaron
de la caída de los precios de la mayoría de las materias primas, pero también
de muchos productos industriales estándar. Estados Unidos no fue el único país
en beneficiarse de la desgracia de los países asiáticos, latinoamericanos y
africanos: la Unión Europea también sacó tajada. Sin embargo, Estados Unidos
utilizó, además, los medios que le son propios para acrecentar sensiblemente la
amplitud de los mecanismos de contención externa de la inflación. La
apreciación del cambio del dólar en el mercado de divisas ha influido
notablemente en este sentido, pero la dimensión de la demanda doméstica en
productos extranjeros y la ausencia de “dificultad de equilibrio comercial” han
permitido que los importadores estadounidenses aprovechen las ventajas de tener
el control del acceso al mercado final. Es así como, entre 1995 y 1999, los
precios de las importaciones aumentaron una media de 0,4% por año en Francia
(lo que, históricamente, es muy poco), pero bajaron un 2,6% en Estados Unidos
[50].
11. Para concluir
Los tres
déficits interconectados configuran engranajes macroeconómicos que son
sensiblemente distintos de los del ciclo virtuoso que los trabajos apologéticos
pretenden hacernos creer [51]. Son consustanciales al “régimen de crecimiento
patrimonial” celebrado por Michel Aglietta, tal como ha funcionado en el único
país que ha conocido un crecimiento en régimen de acumulación con predominio
financiero. Hemos enumerado en las líneas anteriores cuatro componentes del
crecimiento estadounidense. Este texto, en su estado actual, no aborda el
cuarto, que trata del conjunto de los mecanismos, internos y externos, que
proporcionan a las empresas estadounidenses recursos de ciencia y tecnología
(Science and Technology, S&C) y mano de obra cualificada o especializada.
Este
componente es tan decisivo como los precedentes. En la era del dominio de las
fianzas, las inversiones de las empresas sufrirán mucho menos que antes. Si un
país (o una Unión) quieren compensar o contrarrestar el efecto de sangrado
económico de las finanzas y los efectos del “gobierno de las multinacionales”
sobre las compañías, debe disponer de un conjunto de mecanismos, internos y
externos, que garanticen a las empresas el acceso a los recursos en ciencia y
tecnología y en mano de obra cualificada o especializada, que sus propias
inversiones no les aseguran. En el caso de Estados Unidos, será necesario
hablar aquí de un conjunto de países específicos de los que obtienen ventajas.
La más importante, sin duda, es el flujo inmenso y continuo de estudiantes,
pero también de investigadores ya formados, de los que el país se ha
beneficiado a lo largo de la década a una escala todavía mayor en el pasado.
Los países periféricos, pero también los países que pertenecen a la Tríada, han
sufrido a manos de Estados Unidos una fuga paralela de cerebros, sin duda de
una gravedad superior a la fuga de capitales [52]. Si la investigación y
desarrollo del sector de las empresas ha mejorado de nuevo a partir de 1995, se
debe por una parte a un efecto mecánico de la recuperación cíclica y, por la
otra, a la consecuencia de la progresiva transferencia por parte de los grandes
grupos europeos de una parte de sus capacidades y de sus gastos de
investigación y desarrollo hacia Estados Unidos [54]. La investigación médica está
adosada al Department of Health y a los National Health Institutes, que son una
de las fuentes principales de las investigaciones de donde emanan los nuevos
proyectos de inversiones. Por último, el anuncio de la enérgica recuperación de
la investigación y desarrollo militares en el programa nuclear [55] sirve para
recordarnos que la “nueva economía” ha emergido en uno de los pocos Estados del
mundo (por supuesto el único en Occidente) que posee los plenos atributos de la
soberanía y que no se priva de utilizarlos cada vez que estima que sus
intereses vitales deben estar por encima de los preceptos ideológicos que
impone a los demás.
NOTAS:
1.
Conseil d'
2.
OCDE, Une nouvelle économie?: Transformation du
rôle de l'innovation et des nouvelles technologies dans la croissance, París,
2000. El último informe económico publicado por la Administración Clinton no le
hace ascos al tiempo verbal condicional. Véase el Economic Report of the President, Washington,
D.C., 2001, página 23.
3.
La fuerte connotación ideológica de la «nueva
economía» está ampliamente documentada por Jean Gadrey, Nouvelle économie,
nouveau mythe?, Flammarion, París, 2000. Por el contrario, en el informe del
Conseil d'
4.
Michel Aglietta, Le capitalisme de demain, Notes de
la Fondation Saint-Simon, n° 101, noviembre de 1998.
5.
Marx, Posfacio a la Contribución a la Crítica de la
Economía Política.
6.
Trotsky, Prefacio a La Revolución Permanente.
7.
A la cual yo aporto, por el momento, sólo elementos
de respuesta parciales y provisionales.
8.
Marx, El Capital, Éditions Sociales, libro II,
volumen 1, página 54.
9.
Para una explicación más detallada, véase François
Chesnais, «Etats rentiers dominants et contraction tendancielle: Formes contemporaines
de l'impérialisme et de la crise», así como el capítulo complementario de
Claude Serfati, «Puissance du capital financier: Les limites endogènes du
capitalisme mondialisé», en Gérard Duménil y Dominique Lévy (coord.), Le
Triangle infernal: Crise, mondialisation, financiarisation, Actual Marx
Confrontations, PUF, París, 1999.
10.
Michel Aglietta es consciente de este problema. Sus
últimos trabajos vuelven a la acumulación así delimitada y plantean la cuestión
de las formas de «gobierno de empresa» compatibles con ella.
11.
Para una discusión de la noción de «autonomía de
las finanzas», de su contenido efectivo y de sus límites, véase mi revisión del
libro de André Orléan, Le pouvoir de la finance, dans L'Année de la régulation,
2000, Éditions La Découverte.
12.
André Orléan, Le pouvoir de la finance, París,
Odile Jacob, 1999. Este autor, de formación keynesiana regulacionista, concluye
que «la forma "mercado financiero" no es una forma neutra. La
liquidez expresa la voluntad de autonomía y de dominación de las finanzas. Es
el producto de poderosos intereses. [...] Tiene consecuencias macroeconómicas
generales sobre las relaciones de fuerza que recorren la sociedad mercantil, en
particular en la relación entre acreedores y deudores y entre la finanza y la
industria» (página 49).
13.
Véase Marx, El Capital, volumen III, capítulo V,
«Economía del capital constante».
14.
Frédéric Lordon, Fonds de pension, piège à cons?
Mirage de la démocratie actionnariale, Raisons d'Agir, París, 2000, página 62.
15.
Pierre Veltz, Le nouveau monde industriel, Le
Débat, Gallimard, París, 2000, páginas 120-21. En lo relativo a los sectores de
servicios sobre esta misma cuestión, véase Jean Gadrey, Nouvelle économie,
Nouveau mythe?, capítulo 4, Flammarion, París, 2000.
16.
Se trata de un punto de vista sobre el cual mis
explicaciones en textos anteriores carecen de exactitud.
17.
Es el tema del libro, producto del desencanto, de
Charles-André Michalet sur L'attractivité des nations, Economica, París, 1999,
cuya aportación teórica se refiere al trastorno que le ocasiona la teoría del
comercio internacional. En el nuevo régimen, son la IDE y los FMN quienes
determinan las modalidades de participación de los países en los intercambios.
18.
Véanse
los «puzzling facts» señalados por Robert Boyer en «What constraints on European
growth? Innovation, institutions and economic policy», ponencia en
la conferencia inaugural del Centre Saint-Gobain para la investigación en
economía, 10 de noviembre de 2000, tabla 3, línea 2.
19.
Lordon, op.cit. página 80 (subrayado en el
original).
20.
Nouvelle économie, op.cit. página 10.
21. Se trata
de un punto muy importante en el que Mary O'Sullivan y William Lazonick han
centrado una parte de sus trabajos. Véase,
inter alia, W. Lazonick y M. O'Sullivan: "Governance of innovation for
economic development", Report for the TSER program of the European
Commission, Brussels, March, 1998 y "Maximizing shareholder value: a new
ideology for corporate governance", Economy and Society, vol. 29, n°1,
febrero.
22.
Véase Nouvelle économie, op.cit. página 28, sobre
la base de los trabajos de S. Oliver y D. Sitchell (2000), de D. Jorgensen y K.
Stiroh (2000) y de Robert Gordon. Para las dos primeras referencias, véase la
bibliografía del informe en cuestión.
23.
Sobre todos estos puntos, véase Robert Gordon,
«Technology and Economic performance in the American Economy», ponencia en la
conferencia inaugural del Centre Saint-Gobain para la investigación en
economía, 10 de noviembre de 2000, páginas 19-27.
24.
Ibid. página 11.
25.
Véase el libro exuberante y denso de Stéphane Beaud
y Michel Pialoux, Retour sur la condition ouvrière, París, Fayard, 1999, para
un estudio detallado de los procesos de desestructuración de la clase obrera en
la industria del automóvil y, en un tono más general, Christophe Dejours,
Souffrance en France: la banalisation de l'injustice sociale, París, Seuil,
1998.
26.
Véase Crise et sortie de crise, op.cit. Se resume
aquí lo relativo al orden de las figuras 4.1/4.2, 4.2/4.3, 3.1 y 4.2/4.3 y 3.2.
27.
Véase Crise et sortie de crise, op.cit, para las
definiciones.
28. D. Henwood, Booming, Borrowing and Consuming: the U.S.
Economy in 1999, Monthly Review, julio-agosto de 1999.
29.
Véanse las estimaciones de Gérard Duménil y de
Dominique Lévy, op.cit., página 174 y siguientes.
30. «America's economy: Slowing down, to what?», op.cit.
31. Véase «Shares without the other bit», The Economist,
20 noviembre 1999, página 111.
32.
Lordon, op.cit. página 80.
33.
Orléan, op.cit. página 186.
34.
Orléan, ibid, página 136.
35.
Chesnais, en L'Année de la régulation, 2000.
36.
«America's
economy: Slowing down, to what?», The Economist, 9 de diciembre de 2000, página
97. Véase, más recientemente, «When wealth is blown away», Business Week,
26 de marzo de 2001, que habla de un 'disappearing act'.
37.
Suzanne de Brunhoff, La monnaie chez Marx, Éditions
Sociales, París, 1967, página 138 y siguientes, donde se encuentra una
presentación de la teoría del capital ficticio, de la que desearíamos una
reactualización por parte del autor. La gran actualidad de la teoría del
capital ficticio de Marx ha sido igualmente reconocida por Robert Guttmann.
38.
Marx, El Capital, libro III, capítulo XXX. Véase
también el capítulo XXIX.
39. OCDE, Investisseurs institutionnels, annuaire
statistique 2000, París, 2000, tablas S3 y S4.
40.
Estas cifras provienen de las tablas publicadas por
The Economist, 17 de junio de 2000, página 87.
41.
Marx, El Capital, libro III, capítulo XXIX. La
traducción francesa de las Éditions Sociales ha sido ligeramente modificada con
la ayuda de la inglesa.
42.
Véase por ejemplo, Michel Aglietta, Défaillances
des marchés financiers et risques systémiques, Revue d'économie financière, n°
36, verano 1996.
43.
Sobre estos engranajes, véase François Chesnais,
«Crises de la finance ou prémisses de crises propres au régime d'accumulation
actuelle», en Appel des économistes pour sortir de la pensée unique, Les pièges
de la finance mondiale, Syros, 2000, así como, en portugués, en el Postfacio a
la edición brasileña La mondialisation financière, Editorial Xama, Sao Paulo,
1998.
44.
Lordon, op.cit. página 80.
45. Para
obtener datos sobre este punto, consúltese el capítulo de Dominique Plihon
(páginas 29-30) en Appel des économistes pour sortir de la pensée unique, Les
pièges de la finance mondiale, Syros, 2000. Véase «Shares without the other bit», The Economist,
20 de noviembre de 1999, página 111.
46.
Véase sobre todo, Pascal Blanqué, «US Credit.
Bubble.com», Conjoncture, París-Bas, abril 1999, así como el «Survey of the
World Ecomomy: The Navigators», suplemento de The Economist, 25 de septiembre
de 1999, página 30.
47.
Para un resumen claro de esta cuestión, véase de nuevo
«America’s economy: Slowing down, to what?», op.cit.
48. Véase «America's economy: Slowing down, to what?», The
Economist, op.cit.
49. Véase el informe presentado a la US Trade Deficit
Review Commission, The Impact of Capital Mobility on Workers, Wages and Union
Organisation, septiembre de 2000.
50.
Cifras citadas por Olivier Davanne en el informe
del Conseil d'
51.
Véase, por ejemplo, el pasaje siguiente del informe
del Conseil d'
52.
Para obtener datos con cifras y referencias, véase
Bruce Kogut, The Transatlantic Exchange of Ideas and Practices: National
Institutions and Diffusion, Les Notes de l'IFRI, n°26, París, 2000. Kogut habla
de «comportamiento predador y de free riding» en relación con las inversiones
de formación de capital humano del resto del mundo (página 40).
53. Véase D. Guellec y E. Ionnadis, Causes of fluctuations
in R&D expenditures: a quantitative analysis, OECD Economic Review, París,
1997.
54. La parte
de los grupos extranjeros en la financiación propia de investigación y
desarrollo del sector de las empresas ha pasado del 9% en 1987 al 15% en 1997. Véase D. Dalton et al., Globalising Industrial
Research and Development, US Department of Commerce, Washington, DC, 1999.
55.
Véase Claude Serfati, La mondialisation armée: le
déséquilibre de la terreur, La Discorde, Textuel, París, 2001.