Para
UGT y CCOO es una prioridad situar en primer lugar a las
personas y, por tanto, al empleo y a las prestaciones sociales,
la defensa de los servicios públicos fundamentales, en
particular la sanidad y la educación, y el derecho a la
negociación colectiva. Por este motivo, y para conmemorar la
Jornada Mundial de Trabajo Decente, CCOO y UGT han convocado
para el jueves, 6 de octubre, multitud de asambleas,
concentraciones y manifestaciones en todo el territorio español.
En Madrid, los secretarios generales de ambos sindicatos
participarán, por la mañana, en una asamblea de delegados en la
empresa ITP Industria de Turbopropulsores, en Torrejón de Ardoz,
y, por la tarde, en una manifestación convocada a las 19 horas.
CCOO
y UGT consideran que este año, con motivo de la Jornada Mundial
por el Trabajo Decente, es más necesario que nunca movilizarse
contra el modelo neoliberal de salida de la crisis y para exigir
la universalización de un trabajo digno y con derechos. El
concepto de “trabajo decente”, acuñado por la Organización
Internacional del Trabajo (OIT), se refiere al que se realiza
respetando los convenios fundamentales proclamados por esta
organización en 1998 –libertad sindical, derecho de huelga y
negociación colectiva, prohibición del trabajo infantil y del
trabajo forzoso, y prohibición de toda forma de discriminación
laboral. Es un trabajo que se realiza bajo contrato, con una
remuneración justa y el derecho a unas prestaciones sociales
básicas.
La
Confederación Sindical Internacional, que es la organización que
convoca esta Jornada Mundial por el Trabajo Decente, todos los 7
de octubre (aunque este año en nuestro país se adelanta al día
6), considera que sólo la lucha en común de los trabajadores y
trabajadoras de todo el mundo permitirá alcanzar los derechos
del trabajo y una vida digna a quien hoy no la tiene. Al tiempo
permitirá hacer frente a la fuerte ofensiva que hay para
deteriorar este objetivo.
Desde 2008, la profunda crisis económica mundial que padecemos,
provocada por la codicia sin límites de los especuladores
financieros e inmobiliarios y la falta de regulaciones
económicas y de gobierno democrático del mundo, ha producido un
notable incremento del desempleo y un deterioro de las
condiciones de trabajo en la mayoría de las naciones. Se han
perdido cerca de 40 millones de empleos; el número de personas
sin trabajo ha subido a 205 millones, y el de trabajadores
precarios a 1.450 millones, casi la mitad de quienes trabajan en
el mundo. En Europa el número de parados asciende a 23 millones
y en España rondamos los cinco millones, entre ellos el 46% de
los jóvenes menores de 25 años.
Antes de la crisis, el programa de la ONU para alcanzar los
llamados Objetivos del Milenio pretendía, entre otras cosas,
reducir, en 2015, a la mitad el número de personas que en todo
el mundo vivían en la pobreza absoluta (800 millones). Hoy no
solo no se ha reducido sino que el número ha ascendido a los
1.000 millones. Para haber conseguido el objetivo eran
necesarios poner 50.000 millones de dólares en ayuda, sólo el 1%
de lo que se ha gastado en el salvamente del sistema financiero
mundial.
A
pesar de la gravísima situación que la economía y el empleo
viven en Europa, desde mayo del año pasado las instituciones de
la UE y los gobiernos nacionales han eliminado de sus
prioridades ambos conceptos.
Incapaces de gestionar la larga crisis de las deudas soberanas,
a pesar de que existen medidas para ello, sólo se plantean
políticas de recorte para reducir los déficits y las deudas
públicas. No sólo eso, sino que, contra toda evidencia, afirman
que la creación de empleo se producirá por las llamadas
“reformas estructurales” que no pretenden otra cosa que
disminuir los costes laborales, las prestaciones sociales y el
coste de los servicios públicos (a través incluso de su
privatización), y debilitar la negociación colectiva y la fuerza
de los sindicatos.
Es
decir, quieren imponer como solución todo lo peor de las
fracasadas políticas neoliberales que nos llevaron a la crisis.
Y, además, han colocado a Europa al borde de una nueva recesión
porque los brutales ajustes presupuestarios, en plazos muy
cortos y sin consenso social, terminan por hundir las economías
sin poder reducir los déficits.
La
despiadada pérdida de empleo está privando a la clase
trabajadora de su fuente básica de ingresos, y algunas reformas
adoptadas por los Gobiernos, al dictado de los intereses de los
poderes y mercados financieros, están atacando los tres pilares
del trabajo decente: derechos, protección social y negociación
colectiva.
El
desempleo, el paro de larga duración, el crecimiento de la
temporalidad y la precariedad están incrementando las
desigualdades sociales y empujando a un número creciente de
personas a situaciones de pobreza y exclusión.
En
nuestro país, la reforma laboral de 2010, la eliminación del
límite al encadenamiento de contratos temporales y el nuevo
contrato de formación para jóvenes, aprobados por el Gobierno al
final de su mandato, junto con la pérdida de cobertura de la
protección por desempleo, como consecuencia de la prolongación
de la crisis, y los drásticos recortes del gasto público (que
están aplicando Comunidades Autónomas y ayuntamientos y que
amenazan el mantenimiento de servicios y prestaciones sociales
básicos) están rebajando las condiciones de vida de los
ciudadanos y pueden llevarnos a una quiebra social
injustificable.
Finalmente, el salario, uno de los principales indicadores del
trabajo decente, muestra tendencias de evolución igualmente
preocupantes: si en 2008 el porcentaje de quienes tenían un
salario igual o inferior al Salario Mínimo Interprofesional
(SMI) era del 8,9 por ciento, en 2009 ese porcentaje subió hasta
llegar al 10 por ciento sobre un total de 15.256.200
asalariados. Más de uno de cada cinco trabajadores con baja
remuneración (21 por ciento) vive en hogares con ingresos que
están por debajo del umbral de pobreza.

