Número 60. Julio 2010
BOLETÍN DIGITAL DEPARTAMENTO CONFEDERAL DE LA MUJER
OPINIÓN
ESCUELA DE MUJERES DIRIGENTES
Por Enrique Cabero Morán
“No estamos aquí sólo para tener presencia en la Organización, estamos aquí para dirigir conjuntamente el Sindicato”. Esta afirmación de Almudena Fontecha López, secretaria para la Igualdad de UGT, integrante consiguientemente de su Comisión Ejecutiva Confederal, resume con precisión los objetivos de la Escuela de Mujeres Dirigentes, cuya quinta edición se ha celebrado en Lugo del 8 al 10 de julio. La igualdad efectiva de mujeres y hombres, y sobre este asunto hemos reflexionado con insistencia en estas páginas electrónicas, pasa necesariamente por la igualdad efectiva en la prestación de trabajo y ésta, debe subrayarse hoy, exige la igualdad efectiva en el ejercicio de los derechos de libertad sindical y, singularmente, en la participación real de las mujeres trabajadoras en la dirección de las organizaciones sindicales.
Hace un mes celebramos la elección de Sharan Burrow como secretaria general de la Confederación Sindical Internacional (CSI). En octubre de 2009 tuvo lugar la Primera Conferencia Mundial para la Mujer, organizada por la CSI y presidida por Diana Holland, otra sindicalista insigne. Estas y otras novedades no responden a la casualidad o al ofrecimiento de titulares oportunistas o políticamente correctos, como se apresuran a decir tendenciosamente los incansables portavoces de un neomachismo tan militante como larvado, según interese tácticamente. Se trata, por el contrario, de una acción sindical para la igualdad efectiva de trabajadoras y trabajadores sobresaliente y consolidada, de una lucha histórica que no puede cesar y que convierte en resultados proyectos anhelados y firmemente construidos. En efecto, las mujeres “estamos aquí para dirigir conjuntamente el Sindicato”.
No sorprende la asunción de posiciones machistas entre los defensores de tesis involucionistas y conservadoras, incluso en la actualidad. Sin embargo, nunca ha dejado de llamarme la atención cómo la discriminación por razón de género ha podido sortear en la práctica los planteamientos ideológicos más progresistas. Así, personas, hombres principalmente, que promovían y defendían la libertad, la democracia y la igualdad hasta arriesgando o sacrificando sus vidas, parecían incapaces de obrar al margen de las pautas sexistas que les habían impuesto culturalmente aquellos a los que combatían. Llegaban a reproducir en el partido o en el sindicato, y por supuesto en sus relaciones de pareja, comportamientos inaceptables e incoherentes desde las premisas de sus opciones ideológicas progresistas y de izquierda. Como bien recordó en Lugo la catedrática Rosa María Capel, “tal actitud constituyó un elemento disuasorio para la sindicación de las mujeres, al igual que las presiones familiares, las dificultades que tenían para abonar las cuotas dada su menor remuneración y la menor propaganda obrerista entre ellas al no ser percibidas como elemento estable del proletariado y concentrarse en sectores poco representativos económicamente”; si bien estas “dificultades no empecen para que la sindicación de trabajadoras en España consiga los primeros logros en los años ochenta del siglo XIX de la mano del anarquismo y el socialismo, aunque no sea hasta el primer tercio de la centuria siguiente cuando se consolide”.
En fin, el machismo predominante, impuesto socialmente por el sistema y explicado falsamente como inmanente, y la búsqueda del debilitamiento de la lucha de clases mediante el fomento de la “lucha de sexos” y el desprestigio del feminismo, generando controversias artificiales y artificiosas para contraponer supuestos intereses entre trabajadoras y trabajadores, situaron a las mujeres fuera de las prioridades históricas de la acción sindical y las transformaron en personas gravemente discriminadas, en víctimas de agresiones o en receptoras del paternalismo alienante del Estado, la sociedad o la familia. Se asumió que el “sexo débil” había de ser vencido por la fuerza o la protección aparente, ocultando con oprobio que el “sexo débil” no existe.
El sindicalismo contemporáneo ha superado las lacras sexistas de la sociedad que decidió cambiar y se ha convertido nacional e internacionalmente en los últimos decenios en un motor de la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Que cunda el ejemplo en otras organizaciones. Las y los sindicalistas han colocado con acierto la igualdad entre sus prioridades. Las personas trabajadoras solicitan dirigentes formados en el valor de la igualdad. Los sindicatos requieren mujeres y hombres que los dirijan. Ahí, en esta dedicación esencial, está y estará la Escuela de Mujeres Dirigentes de UGT. Muchas gracias.
Enrique Cabero es profesor titular de Derecho del Trabajo en la Universidad de Salamanca, y miembro de la Unidad de Igualdad de dicha Universidad.
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